Vox Lux (2018), Brady Corbet

Vox Lux (2018), Brady Corbet

pADRES SUMISoS DE HIJOS DICTATORIALES 

 

 

Padres sumisos de hijos dictatoriales: padres que están y a la vez no están, que ceden todo el poder a sus hijos. Ese poder, omnipotencia infantil en términos psicoanalíticos, aliena a los hijos de la realidad.

 

 

Celeste es una adolescente que está a punto de morir en su instituto cuando un compañero aparece armado y empieza a disparar indiscriminadamente. De su clase, ella es la única superviviente, milagrosamente librada de una bala que entra en su cuello y sale sin causar ningún daño crítico. Ayudada por su hermana compone una canción y la canta en el funeral de sus compañeros. Esa canción tiene un gran impacto mediático, lo cual acaba catapultando a Celeste a la fama y a una carrera como cantante.

 

En la treintena, vemos a Celeste como una artista de gran éxito, y madre de una adolescente a la que debió de tener no mucho después de lo acontecido al principio de la película, es decir, siendo aún adolescente. Descubrimos después una relación complicada con su hermana, a todas luces condicionada por un episodio de esa turbulenta adolescencia. Celeste había pillado a su hermana y a su manager en la cama. Ahora, su hermana parece vivir a su sombra.

 

El atentado le cambia la vida a Celeste. Este parece el discurso obvio de la película. Pero a la vez es la fama la que parece provocar ese cambio. Éste también es un discurso evidente. Ambos sucesos tienen parecido protagonismo en su vida, son como accidentes traumáticos. Parece como si ese discurso se pudiera concretar en que la fama se parece a un balazo que te deja tocado irremediablemente. Con un gran esfuerzo puesto en enfatizar la toxicidad de la fama. 

 

Yo pienso que hay en la historia otros elementos útiles para pensar mejor a Celeste. Son los que hablan de sus relaciones primordiales. 

Al padre le conocemos a través de una única escena, que sirve para definirle. En el hospital, él tiene que decidir si su hija debe o no hablar con la prensa, después de la tragedia. Lo que le define es que él decide… dejar la decisión en manos de su hija. Ella es una menor, no lo olvidemos, que además debe de estar en shock, o sea, superada por las circunstancias. A la madre nunca la vemos. Es decir, no está, no cuenta. En el momento de necesidad de su hija, ni ella ni el padre cuentan, porque o no están o se desentienden de su función. 

La que sí está, y siempre estará, es la hermana mayor. A ella la define la escena en que llora abrazada en la cama a su hermana pequeña, que está, sorprendentemente, bastante serena. En su llanto habla de estar agradecida por la supervivencia de su hermana pequeña. Es como si sintiera un gran alivio. Toda su vida posterior parece definida por este momento, casi como si ella le debiera su sometimiento a su hermana. Un sometimiento “maternal", por lo que se ve. No es casual que acabe ocupándose de la hija de Celeste también. 

 

Padres sumisos de hijos dictatoriales. Son padres que están y a la vez no están, porque ceden todo el poder a sus hijos. Ese poder, omnipotencia infantil en términos psicoanalíticos, aliena a los hijos de la realidad. La realidad se rige por leyes, es decir, por límites a ese poder. Los límites deben ser enseñados o de lo contrario no existen, y nunca serán aceptados. Unos padres sometidos a sus hijos (que son el reflejo de su propia omnipotencia infantil) no enseñan nada porque conceden todo (se conceden todo, inconscientemente).

 

A Celeste la podemos entender a la luz de estas ideas. Ella vive otra realidad, como tan claro nos queda en la escena de la masacre, donde conserva la calma, sorprendentemente. No es, en mi opinión, la demostración de una extraordinaria capacidad para mantener la calma. Es una patológica incapacidad para ver lo que pasa como los demás. Es como si no pudiera vivir en la misma realidad que los otros. A ella nada la afecta. La mortalidad, y por tanto los límites, no “existen” en su mente. Celeste sólo entra en crisis cuando percibe la posibilidad de perder a su hija. Porque su hija es SUYA. Y no es hasta el momento en que su hermana (su “mamá”) la consuela con aduladoras palabras mágicas, que la hacen crecerse, que ella recupera toda su magnificencia (su omnipotencia), subida ya en el escenario. Antes, habíamos visto como la traición de su hermana y de su manager despertaban en ella un rencor sin límites. Sólo podía aceptar la total sumisión (el amor sin límites) de ellos.

 

A esta película le sobra claramente la voz en off, que no aporta otra cosa que un discurso confuso. Tengo la impresión de que sin ella el todo se habría sentido más natural, más fluido. Porque tiene a su favor, sobre todo, una enorme potencia expresiva tanto en la dirección de Brady Corbet como en la interpretación de Natalie Portman.

 

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