Vivarium (2019), Lorcan Finnegan

Vivarium (2019), Lorcan Finnegan

Barrio ominoso 

 

 

La ausencia de la función paterna depara un destino ominoso, el de la disolución del hijo en la madre, esto es, la desaparición de la individualidad. Como impersonal, carente de individualidad, es ese barrio en el que los protagonistas de esta película se “pierden”.

 

 

Gemma y Tom están buscando casa. Un promotor les convence para visitar una vivienda piloto en un barrio residencial. Parece exceder a sus deseos, pero aún así deciden visitarla. Una vez allí, el promotor desaparece dejándoles solos en la vivienda, ante el horrible descubrimiento de no poder encontrar la salida del vecindario. Días después, atrapados allí sin remedio, encuentran un bebé y las instrucciones de criarlo para ser liberados de su “encierro”. Así, veremos como ese bebé crecerá anormalmente rápido, y se comportará de manera extraña, para nada agradable. Sus “padres” adoptivos se acabarán consumiendo entre el rechazo de una desagradable crianza impuesta y la búsqueda de una salida de esa situación.

 

Lo chocante se sucede sin solución de continuidad en esta película. En primer lugar, una imagen: una cría de pájaro muerta a los pies de un árbol. Tom le explica a Gemma que los cucos expulsan a las crías de otras especies de sus propios nidos, obligando a sus padres a ocuparse de sus propias crias en su lugar. “Así es la naturaleza”, sentencia Tom. La imagen habla simbólicamente de la expulsión y de la pérdida de un lugar. Después, está la experiencia de la visita con el promotor. Ésta empieza mal. No es tanto por la actitud “comercial” del vendedor, extremadamente agresiva, quizá. Es más bien que nos parece que Gemma y Tom están haciendo algo que no “quieren” hacer. Es su elección la que nos choca. Vemos que no tienen un claro deseo de seguir, que el producto que les quieren vender les es de algún modo ajeno. Es casi como si no pudieran decir que no, como si algo se hubiera impuesto a la razón. Esto es lo que nos hace sentir raros. Son muestras de lo ominoso, tal como lo entiende Freud. De la relación entre lo ominoso y el apego a un lugar particular es de lo que pienso que habla la película. 

 

Lo desagradable de la situación en que se ven envueltos estos personajes parece vinculado con la imposición de un escenario no deseado. Quizá Gemma y Tom preferirían vivir en la ciudad, y disfrutar de su relación y de un contexto de posibilidades más narcisistas, digamos, que el de hipotecarse y tener hijos. ¿Por qué visitar un barrio residencial, entonces?

 

Quizás examinar la actitud de Gemma y Tom en su particular reclusión arroje algo de luz sobre el asunto. Es una situación desagradable, marcada por las imposiciones y por la rareza. Muy particularmente la de ese niño al que son forzados a criar, que resulta especialmente desagradable dada su “mala” actitud. La pareja se comporta con lo que podríamos calificar como actitud poco paternal, cuando no abiertamente hostil a la paternidad. Uno podría preguntarse, por momentos, qué habría ocurrido con ese niño si no hubiera sido objeto del más cumplido rechazo por parte de sus “padres”. O sea, ¿habría salido igual de raro y desagradable? Es que nació con la marca del rechazo, pues su llegada no era esperada, probablemente ni siquiera 

deseada. 

 

Lo “raro”, por otra parte, tiene que ver con lo no normativo, es decir, con la falta de normas, justo lo que falta en un niño al que no se educa. La ausencia del deseo de paternidad en estos padres explica el rechazo de la crianza del bebé intruso, y un rechazo así, tan absoluto (en el padre, al menos), sólo podía dar como resultado un niño “imposible”. 

 

Un niño raro es, en el fondo, un niño mal-criado. Es el niño al que no se enseñan límites, un eterno “bebé”, que no madurará. Crecer, psicológicamente, es avanzar en una sucesión de etapas, vividas como adquisiciones aditivas, más que como relevos (me refiero a que esas etapas pueden coexistir, de modo que un adulto puede ser niño, y a veces también viceversa). Para que se den esas etapas, tiene que haber límites, en la mente del niño. ¿Cómo se podría adquirir nada, o sea, aprender, si no se aceptara previamente que no se tiene todo, que algo falta? Pues bien, según el psicoanálisis esto (la falta) se transmite imponiendo límites (siendo la primera falta la de la madre de la que el niño se separa). El proceso de transmisión de esos límites (o proceso de separación), es arduo e inacabable, sólo sostenible dado el amor del padre por el hijo. Dado, esto es, un deseo de paternidad. Hay algo de automático en la maduración cuando existe la idea de límite en la mente. Entonces, las etapas a las que me refiero se van viviendo gradual y razonablemente. Casi inadvertidamente, sin grandes resistencias. Es difícil que existan las condiciones para la normalidad sin aquel deseo de paternidad “legal”, que marca límites al hijo. Más fácil será que aparezca la rareza.

 

¿En qué momento, desde esta perspectiva, se haría presente la etapa de la paternidad, en el individuo? ¿Habría una etapa así, naturalmente, o, tal como parecen vivirlo Tom y Gemma, la misma podría ser vivida como una imposición externa? En otras palabras, donde haya paternidad, ¿qué papel habrá jugado el deseo y cuál la imposición, digamos, cultural?

 

La película se podría interpretar como la alegoría de una imposición, en un primer nivel de lectura. Aquella fuerza invisible que guiaba a esta pareja en una dirección inquietante, no deseada, sería entonces la sociedad que, por algún motivo, “obligaría” a encajar en cierto patrón de vida familiar. En un barrio de calles y casas idénticas, sin fin. Horrible. El psicoanálisis llama a esta fuerza invisible deseo inconsciente (efectivamente, lo no consciente no se ve, siendo muy simplistas). Es propio del individuo el encaminarse, normalmente, como guiado por una fuerza así, hacia un encaje social. Tiene un nombre más concreto, esta fuerza: Ideal del yo, voz amable del superyó que se encarga, justamente, de promover la integración en la cultura (la sociedad). Quizá Gemma y Tom la viven de aquel modo, es decir, como imposición, y no de éste último, como guía. Es que para poder verla así, tendrían que estar dentro de la norma.

 

“Intégrate y lo tendrás todo”, podría rezar el eslogan de la inmobiliaria que vende la perfecta casa donde asentarse y criar una familia. Promesa de una sociedad que exprime al individuo en la realización de sus propios fines. O así, al menos, es como parecerían representárselo Gemma y Tom. Es la integración vivida como peligro, separación no deseada de la madre, dada la ausencia de un padre que hable a través del Ideal del yo, cuando el hijo esté atravesado por la Ley. Faz amable del superyó paterno, que ayudaría de este modo al hijo.

 

El padre representa la Ley, pero sólo la madre puede legitimar su autoridad como representante. Sólo entonces aparece el Ideal que facilita una integración saludable. Gemma y Tom prefieren vivir fuera de esta “legalidad”: para ellos se trata de permanecer en el nido, que todo lo da. El hijo/cuco, que les expulsa del nido y les separa de la madre, es el otro, vivido como amenaza y no como espejo para la contemplación de su propia individualidad (a la cual no se tendría acceso de no producirse esa separación). Es la ausencia de la función paterna, cuya falta depara un destino ominoso, el de la disolución del hijo en la madre (o del individuo en ese barrio tan impersonal), esto es, la desaparición de la individualidad. Es lo que en psicoanálisis se denomina goce, el placer mortífero ligado a la falta de barreras que desemboca en el incesto, la unión prohibida con la madre. Sólo el padre, autorizado por la madre, puede detener este destino. El Ideal es su voz, quizá anhelada inconscientemente por Gemma y Tom, que en la consciencia no habrían incorporado adecuadamente los límites al goce.

 

Y, efectivamente, la metáfora del cuco introduce la idea de la expulsión del individuo de un lugar al que podríamos llamar su vida (inconscientemente) deseada. La expulsión de las crías de pájaro nativas, sustituidas por los cucos, sería como el desplazamiento del hijo por el padre, o como la paternidad, ese otro lugar que Tom y Gemma experimentan como no deseado, pues es motivo de la mayor de las pérdidas: el individuo se vería desplazado del lado de su pareja, como el hijo del de su madre. Si el nido, o “vivarium”, representa a la mamá, entonces tenemos la fantasía de perder a la mamá que había sido recuperada en la pareja, en términos edípicos. Tom y Gemma serían unos eternos niños, según esta lectura. El resultado de un Edipo mal resuelto. En pocas palabras, nunca habrían aceptado resignar a la mamá de la infancia. El paraíso perdido, ese lugar del que el hijo/cuco les echó. Es lo opuesto del camino marcado por el Ideal del yo, es la desintegración de la cultura paterna para permanecer eternamente infantilizados, pegados a la mamá que todo lo da. Es la falta de límites, el vivir fuera de la norma.

 

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