Temple Grandin (2010), Mick Jackson

Temple Grandin (2010), Mick Jackson

LA TRANQUILIDAD QUE SE ENCUENTRA EN LOS LÍMITES

 

 

Nadie tiene tanta influencia en un niño como su cuidador. Lo que éste hace le puede influir positiva o negativamente. En el segundo escenario, esa influencia podría tener efectos  patológicos graves. Es el caso de Temple Grandin y su madre.

 

 

Temple Grandin es diagnosticada de autismo a los cuatro años. No habla, y no presta atención a nada que no le interese. Su madre, sin embargo, piensa que no debe educar a su hija en el miedo y en el aislamiento de los otros, así que Temple asiste al colegio y acaba estudiando una carrera demostrando una inteligencia superior para las ciencias prácticas. Se especializa en el comportamiento del ganado, y desarrolla unas técnicas humanas para su tratamiento que se demuestran beneficiosas también a nivel industrial.

 

El mismo médico que diagnostica a su hija, le explica a la madre, ante su desolación y su desamparo, que el problema del autismo tiene que ver con un problema de la madre. Se le transmite, básicamente, que no supo darle a su hija el calor, o sea, el amor, que necesitaba, y por eso su hija enfermó. 

 

No es que yo esté en desacuerdo con esta teoría. Pienso que el autismo se puede vincular con la relación entre la madre y su bebé, con el estilo particular del vínculo que existe entre ambos, y que algo que la madre hace puede tener como efecto una patología de este tipo. Esta relación existe siempre, en realidad, no sólo para esta patología. Lo que la madre hace tiene siempre un efecto en su hijo, mayor que el que tiene su padre en él, y a veces ese efecto es patológico. A veces, como en este caso, la patología es grave.

El problema no es teórico, para mí. Es un problema de formas. Cómo se dicen las cosas importa. Es determinante, por ejemplo, cuando hablamos de la educación. La forma como educamos es tan importante, desde el punto de vista de los resultados, como lo pueda ser el contenido de la educación.

El médico de la película “agrede” a su paciente. Lo que le dice lo dice de un modo que es vivido por ella como imposible de gestionar, de asumir, casi como si fuera un fuerte puñetazo. Es insoportable. A un paciente se le debe preparar para escuchar algo así, tal como a un boxeador se le entrena para luchar en un ring. El entrenamiento no puede consistir en darle una paliza al boxeador. En ese caso es muy probable que éste cambie de entrenador, o que directamente abandone el boxeo. 

El médico “entrena” a su paciente escogiendo las palabras que le dice. Al decirle a una madre que ella es la causante de la grave enfermedad de su hija, y que se la ha causado “malqueriéndola”, el médico le está “dando una paliza”. Esto por una razón, principalmente: es que esa madre no es consciente de haber hecho eso. 

 

En la relación de esta madre con su hija hay que tener presentes sus sentimientos (deseos) inconscientes. En la película, vemos lo más evidente, lo consciente. Desde esta perspectiva, parece claro que ella quiere a su hija, por todo lo que hace por ella. Pero también se apuntan detalles más sutiles, que se refieren al orden menos visible de sus sentimientos maternales, el inconsciente. Son gestos quizá menos fáciles de entender, porque no son claros. Son contradictorios. En la secuencia donde debe informarse para dejar a su hija en el internado, tenemos una muestra clara de lo que quiero decir.

Ocurren varias cosas que complican la comprensión del espectador. Por un lado, hay dificultades para que la hija sea admitida. Tienen que ver con la gravedad de su condición. Entonces uno de los profesores percibe algo en la chica, algo que en su opinión debería cambiar la percepción de esa gravedad. Él está convencido de que es apta para ser admitida. Antes, hemos visto una interacción entre la chica y este profesor, donde era clara la excitación de la chica, su placer, en ese encuentro. Después, vemos lo más extraño. La madre duda de si debe seguir pensando en dejar a su hija ahí. ¿Por qué? Esto es lo que en psicoanálisis se llama un “conflicto inconsciente”. Está, por un lado, el deseo de que su hija vaya a ese colegio, y por otro su opuesto. ¿Qué ha motivado este último?, ¿por qué, de repente, cuando su hija parece que va a ser aceptada, parece que su madre ya no desea que se quede? La única pista que tenemos para interpretar la situación, lo único que desentona, porque es extraordinario, es la conexión que se establece entre su hija y el profesor. 

Digo que desentona porque el “tono” general de la película, la idea, si se prefiere, que se asocia regularmente con la condición de la enferma, es el rechazo que genera en los otros. Aquí, de repente, aparece la aceptación. La madre generalmente se enfrenta a ese rechazo con obstinación, intentando convertirlo en aceptación. No aceptándolo, paradójicamente. No acepta que su hija sea “menos” que los otros niños, que deba ser tratada de modo diferente, excluida del sistema educativo normal, que tenga dificultades quizá insalvables para relacionarse con ellos, negando la evidencia de que en ciertos aspectos sí es menos que sus coetáneos. Cuando finalmente es aceptada, su primer impulso es alejarla, privarla de esa aceptación. Esto es muy llamativo. Se diría que, efectivamente, la madre va a hacer algo que perjudica a su hija, que quizá ella sí tiene que ver con los problemas que tiene. 

No es, de hecho, la primera vez que la vemos comportarse así. Antes, en la parte que transcurre en la granja, ya habíamos presenciado algo parecido. La hija se había adaptado bastante satisfactoriamente a las circunstancias. Estaba visiblemente contenta. Había empezado a dar muestras de su gran capacidad práctica, incluso. Deseaba seguir ahí. Y su madre no lo permitió.

 

No pienso que la idea de dejarla en la granja hubiera sido tan mala. La madre no lo vio así. Su hija debía ser como los demás, sea esto lo que sea que signifique, pues, ¿acaso somos todos iguales?, ¿acaso todos debemos hacer lo mismo? Son preguntas para pensar, más allá de que es obvio que todos entramos a formar parte de la cultura (la sociedad) sometiéndonos a unas normas comunes que nos uniformizan, que nos convierten en personas “normales”, y que como tales nos integramos y recorremos caminos convencionales. Aún así, pienso que hay lugar para las diferencias. Es esta idea la que me hace mirar a Temple Grandin y pensar que ella debería de haber podido seguir su propio camino, que no tendría por qué haber sido tan convencional como su madre “parecía” desear. Tengo serias dudas respecto de que fuera necesario hacerla seguir el camino convencional, que tan claramente era vivido por ella como una tortura. Pienso, incluso, que muy probablemente habría podido llegar a desarrollar su potencial sin ese mal trago. Tal como lo estaba haciendo en la granja. Si lo pensamos fríamente, ¿qué consiguió por el camino que le impuso su madre que no hubiera podido conseguir del otro modo?, ¿relaciones personales, quizá? Sólo hizo una amiga, que estaba en parecidas condiciones de dificultad, o sea, que era más como ella que la mayoría. ¿Quién dice que no habría conseguido lo mismo por otro camino, uno más adecuado para ella, elegido por ella? Lo planteo en términos más “normales”: ¿acaso no habría que escuchar lo que un hijo desea, el tipo de camino que quiere seguir, cuando éste ya tiene una edad para pensarlo y expresarlo?

 

¿Qué pretendía la madre con su comportamiento? ¿Estaba ayudando a su hija, o le estaba poniendo las cosas más difíciles? Es difícil responder a la primera pregunta. Hay que entrar en el terreno de lo inconsciente, y no tenemos demasiadas noticias de ello aquí, más allá de las que he apuntado. Lo que sí sabemos, lo que puede ser un factor importante para entender la situación, es que falta el padre, la pareja de la madre de Temple Grandin. Es una falta importante que debe de haber tenido sus efectos en la problemática de la hija. Pero es difícil decir cuáles, concretamente, más allá de que como es lógico al faltar él faltó un contrapunto, una alternativa y quizá un límite a la voluntad de la madre. ¿Podía ese padre haber sido ese factor? Sí, podía. Pero no podemos saber qué habría sido diferente de haber existido.

Hay en la película detalles para pensarlo, de todos modos. El miedo de la enferma a los abrazos o la importancia del nombre en la puerta de su habitación son, ambos, aspectos de la problemática de los límites, de lo que en psicoanálisis se llama la Ley del Padre. Los límites son lo que define el espacio de cada uno, en esencia, aunque evidentemente se refieren a la definición de todas las cosas, pues estas son lo que son y no otra cosa en función de ellos. Las personas, a veces, tienen problemas con esos límites. Se dice coloquialmente que alguien “no tiene límites” para expresar que esa persona hace lo que quiere sin consideración por lo que se debe y lo que no se debe hacer. 

Ese no tener límites debe de estar en la base de la patología de la chica. Ella los busca. Quiere saber de quién es su habitación con una certeza que no deje lugar a dudas, la clase de certeza que se consigue dándole un nombre y colocándolo en la puerta. Es como si ella no entendiera que eso no es necesario, ya que su tía le había explicado que la habitación era suya. Esto no era suficiente para ella, que es demasiado insegura. No cree a su tía, en pocas palabras. Debe de desconfiar de todo el mundo, de su madre la primera, pues no le permite acercársele demasiado. Necesita los límites para estar mínimamente tranquila. Quizá los límites que la presencia de un padre podría proporcionar, si ese padre y la madre formaran un buen equipo, se entiende. Esto es lo que trata de representar el concepto de Ley del Padre.

 

El modo de abordar esta problemática, como comentaba arriba, pasa por escoger las palabras. Sólo así es posible que una madre abrumada pueda soportar el dolor del terrible descubrimiento. El descubrimiento de su responsabilidad. Pues, como decía, ella puede no ser consciente de haber malquerido a su hijo. Porque conscientemente es probable que le quisiera, como suele ser habitual. Sólo en lo inconsciente se podría encontrar ese sentimiento conflictivo, el del rechazo del hijo, que a veces también existe. ¿Acaso no somos así de complejos? ¿Acaso no podemos querer y a la vez no querer algo? Pues motivos puede haberlos para ambas posturas. 

Entonces, si una madre debe descubrir que su rechazo, su no deseo, puede haber enfermado de gravedad a su hijo, es importante que lo haga en condiciones favorables. Estas dependerán de cómo ella sea tratada en ese momento de descubrimiento, de cómo perciba que el otro la ve, de que se sienta entendida y ayudada. No maltratada, en una palabra. Sólo así podrá esa madre escuchar, y en el mejor de los casos, aceptar, su responsabilidad en el problema. La importancia de este hito es crucial, pues éste sería el único modo en que ella podría permitirse afrontar su propio problema, su conflicto inconsciente con la maternidad. Conflicto, por otro lado, no tan raro, como decía arriba. Más bien bastante normal. Lo raro no sería tener un conflicto así, sería que la parte que rechaza la maternidad fuera tan potente como para, efectivamente, llegar a malquerer a un hijo, para no quererte como necesita para estar sano.

 

No quiero perder la ocasión de decir algunas palabras sobre Claire Danes. Es una actriz superlativa. Los recursos que demuestra aquí, como en cualquiera de sus interpretaciones, quitan el aliento. Uno necesita, por momentos, respirar hondo para seguir mirando.

 

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