Starred up (2013), David Mackenzie

Starred up (2013), David Mackenzie

CAMBIAR O NO CAMBIAR

 

 

Esta película habla de la extrema vulnerabilidad de personas que, como los presos y los carceleros, viven en un entorno donde el “control” lo es todo, donde la imprevisible espontaneidad no tiene cabida.

 

 

Eric es trasladado a una cárcel de adultos desde un correccional de menores de manera extraordinaria, porque es un chico especialmente conflictivo. Su padre es un preso de larga duración allí. Eric nunca tuvo relación con él, que ya estaba preso cuando era un niño. A su vez, su madre murió, y Eric acabó en casas de acogida, en entornos tóxicos. En la cárcel, su padre intenta protegerle, a su manera. El encuentro se revelará catártico para ambos.

 

Tanto Eric como su padre son personas difíciles. Se diría que para ellos las relaciones son aterradoras. Ante los otros, se comportan como perros apaleados. 

En la cárcel esa es la actitud general, una actitud ultradefensiva. En un clima afectivo así, donde todo gesto del otro es recibido con sospecha, y cualquier acto interpretado como un modo de agresión, la respuesta automática, la única respuesta aceptable, es el contraataque. Quizá lo único que podría cambiar esta dinámica fuera un acto más “pasivo”, pero incluso gestos de esta clase son vividos como ataques encubiertos. Realmente no hay posibilidad de relación, como no sea por medio de la violencia. 

 

Hay en esa cárcel un terapeuta que intenta ofrecer a los reclusos como Eric un modo de relación diferente. Que entiende que el ciclo de violencia es una vía muerta, que sólo conduce a la perpetuación de modos de funcionamiento antisociales, y que parece convencido de que se puede interrumpir. 

 

No es quizá muy realista el modo de resolver la relación entre el terapeuta y Eric. Hay intervenciones técnicas que en la realidad habrían entorpecido esa relación, que habrían impedido el proceso terapéutico. No parece creíble que ese joven hipernervioso pudiera aceptar la intrusión del otro más allá de sus defensas. No como se plantea en la película, al menos (cuando le aborda en su celda, su espacio, sin ser invitado). Ni tan rápido. Nadie acepta ayuda sin desearla, en realidad. No digamos alguien tan “vulnerable” como Eric. 

 

Porque pienso que esta película habla de la extrema vulnerabilidad de personas que, como los presos y los carceleros, viven en un entorno donde el “control” lo es todo, donde la imprevisible espontaneidad no tiene cabida. 

 

Pienso que busca control el que no lo tiene, que quiere un control total el que no controla nada. ¿Controlar qué? El mundo y a las personas que hay en él. Dicho en otros términos, las relaciones. No hay nada más aterrador que vivir en un mundo que uno no entiende, rodeado de personas con las que uno no sabe como relacionarse. Es esa comprensión la que da el tan ansiado “control”. Control que es siempre relativo, no absoluto, porque está limitado por el grado de control que se cede a otros para convivir con ellos. El deseo de control que vemos en estos personajes tiene que ver con el terror que deben de sentir por no controlar nada, o sea, por no entender nada. Es esa vulnerabilidad de la que hablaba.

 

Los presos están encerrados porque no respetan la ley. Y deben aprender a respetarla, para ser liberados. Se supone que castigo y “corrección” son fines que deben ir de la mano, en el encierro. Quizá se entiende que la privación de libertad ayuda a abrir los ojos a lo malo de uno. 

La corrección buscada, sin embargo, al ser impuesta, está condenada a fracasar. El cambio personal sólo llega de la mano del deseo. O sea, debe ser buscado voluntariamente.

Un preso podría cambiar, pero no por imposición. Debería ser por deseo. Eric lo desea, por eso hay película. Pero me parece que la película falla en el modo de describir el proceso.

 

El terapeuta, como catalizador de ese cambio, debería ser “pasivo”, para que el activo, el que pusiera las ganas, fuera el “enfermo”. En la película vemos como este terapeuta “fuerza” que ocurran las cosas. No al principio, en su primer encuentro de grupo, donde interviene en defensa de Eric. Sí después, cuando se presenta en su celda. Al autoinvitarse (al poner él el deseo del encuentro) no está teniendo en cuenta los tiempos del enfermo, su capacidad para acercarse a él, a su manera, para cambiar. No está protegiendo el tratamiento, no importa que pretenda curar. Es lo que en psicoanálisis se llama “furor sanandi”, el deseo excesivo de curar, que tiene que ver con que hay un deseo ajeno al enfermo, relacionado con la satisfacción del terapeuta de curar, entre otros.

En el primer episodio, en el lugar de la terapia, la intervención del terapeuta había sido bienvenida, y apropiada. Después, en la celda, no. No había, en mi opinión, manera de resolver favorablemente este segundo encuentro, porque la  presencia del terapeuta no era deseada por Eric. Esa intervención muy probablemente habría estropeado la relación de ambos, si se hubiera dado en la realidad. Lo opuesto, lo que nos muestran, habría sido prácticamente imposible. 

 

Eric sí quería ser ayudado. Sólo que probablemente no lo “sabía”, pues debía de ser un deseo inconsciente. En su consciencia (tanto en la suya como en la de los demás “habitantes” de la prisión) quizá no había sitio más que para el deseo de control. Control por medio de la violencia. 

Sólo muy lenta y gradualmente esos habitantes podrían resignar dicho control, que en primer lugar es autocontrol emocional. Me refiero al bloqueo (inconsciente) de la posibilidad de sentir cosas, tales como la empatía necesaria para relacionarse. Porque toda espontaneidad de este género debía de ser vista, en su experiencia, como debilidad. 

Esto se ve muy claramente, porque está bien planteado, en la dificultad de unos y otros para tolerar el cambio. Lo vemos en las conversaciones del grupo terapéutico. Los presos tienen grandes dificultades para aceptar las palabras de sus compañeros, cuando no les gusta lo que oyen. Les cuesta mucho, en pocas palabras, hablar de verdad. “Hablar” es aceptar un intercambio oral. Los presos levantan sus defensas contra las palabras, interrumpiendo ese intercambio, cuando esas palabras dicen cosas de ellos, cosas que si uno lo piensa siempre conllevan un cierto grado de agresión, pues son inesperadas, porque uno no suele pensar mucho sobre sí mismo, decirse cosas así. A estas personas les cuesta modificar esas defensas, rebajarlas siquiera un poco, porque… no han aprendido a tolerar al otro. Los límites que la existencia del otro les impone, concretamente. Y los carceleros, a su vez, ven con malos ojos que estas personas a las que tienen controladas cambien. El cambio del otro para ellos es intolerable (como lo es para los mismos presos), porque ello debe de confrontarles con su propia dificultad para cambiar, quizá “curarse” de lo que les aflija, que dado el modo como se protegen de ellas, dado ese grado de fragilidad, en otras palabras, deben de ser muy inquietantes. El cambio del otro les confronta, además, con el abandono, pues el que cambia se aleja de ellos, de algún modo.

 

Todos estos procesos son inconscientes, relacionados con los aspectos más infantiles de la personalidad (que pertenecen a la historia infantil, quiero decir). Concretamente con los mecanismos defensivos más infantiles. Lo cual, unido a la falta de límites de este tipo de individuos, da lugar a las reacciones extremas de unos y otros, presos y carceleros. La intensidad de esas reacciones tiene que ver con el extremo malestar, con la extrema vulnerabilidad de la infancia, de individuos “sin hacer” que se defienden como pueden del terrible dolor ante el desamparo en que un entorno tóxico les deja (el padre de Eric es el claro ejemplo de esto).

 

La descripción de la dificultad del cambio me parece la principal virtud de esta película. De como las resistencias se oponen al cambio, resistencias que pueden ser internas y externas, como tan bien nos muestra. 

En la escena de la celda, son las defensas internas de Eric las que ponen trabas a su deseo de cambio. Su reacción a la visita / intrusión del terapeuta, que es hasta cierto punto normal, por lo que he comentado de que ese es su espacio “privado”, también tiene algo de excesivo. Tiene que ver con modos arcaicos de funcionamiento, que no quieren ceder terreno, porque “deben” seguir protegiendo a Eric. Sólo paulatinamente, con el conocimiento que el individuo va incorporando, puede éste construir nuevos modos, y resignar los arcaicos. 

El trabajo del psicoanálisis tiene este valor “didáctico”, que además es terapéutico, porque el conocimiento ayuda a hacer las cosas mejor, y esto da tranquilidad y bienestar. Cura, en una palabra. El ritmo es un factor crucial, en este trabajo, pues todo apresuramiento del proceso alerta a las defensas originales (infantiles), y estas actúan impidiendo que el proceso continúe, como he comentado.

Por fuera, a Eric se le oponen las resistencias de los otros. Pareciera como si Eric fuera percibido como más “peligroso” si cambiara que siendo un criminal conflictivo. Es lo que podríamos denominar la “perversión del sistema”. Hay cosas que siendo propias del sistema le impiden funcionar como tal. En este caso, hay un sistema que pretende cambiar al individuo, ayudarle, pero a la vez se lo impide, porque el cambio de ese individuo no parece convenirle. Es que el sistema, a fin de cuentas, está ejecutado por individuos, y son estos (o mejor dicho, sus patologías) los que quizá inevitablemente lo pervierten.

 

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