Shiva baby (2020), Emma Seligman

Shiva baby (2020), Emma Seligman

la pérdida vivida como alivio

 

 

Danielle no puede satisfacer a su madre, ser lo que ella quiere que sea. Hay una gran pérdida, pero también alivio en este reconocimiento. Sólo así puede separarse y ser ella misma.

 


Danielle asiste a un velatorio con su familia. Allí se reúne un grupo de personas con relaciones de cierto grado de cercanía con su familia, gente que la conoce desde que nació, en muchos casos. También están Maya, una ex relación sentimental, y un hombre a quien no podía imaginar que encontraría allí, que ahora es su amante.

 

Danielle es una estudiante que está bastante perdida y no sabe qué hacer con su vida. Por otro lado, vive preocupada por las apariencias, como su madre, y esto no hace sino agravar los efectos de su dificultad para pensar, pues le preocupa excesivamente resolver su vida, y hacerlo según unos estándares exigentes que le han sido impuestos, pero se muestra impotente.

 

Todo el mundo en esa reunión, como decía, parece conocer bastante bien a Danielle. Se trata de relaciones que en muchos casos son familiares, y en otros son también bastante cercanas. Sus padres, además, se muestran enormemente abiertos respecto de la intimidad de su hija, de cara a toda esa comunidad. Lo cuentan todo. Es como si no existieran los secretos, o como si lo que a Danielle le gustaría guardar para sí misma, su intimidad, fuera materia de dominio público para ellos. Pero, como apuntaba arriba, a su madre las apariencias le importan mucho, luego mantiene ciertas cosas en la categoría de inconfesables. Sólo aquellas que la ponen en riesgo a ella, se entiende. Es la típica madre fálica, para la que su hija es algo parecido a un objeto que debe completarla, como un buen coche (al cual nada se parece la furgoneta en la que han venido, que ella le pide a su marido que esconda, para salvaguardar su imagen de perfección narcisista).

 

Sólo hay una relación que Danielle vive con cierta satisfacción, cuando la conocemos. Es la que mantiene con su amante. Se trata de una relación clandestina, que al parecer para ella tiene naturaleza económica. Él le paga por acostarse con ella. Como luego le explicará a Maya, Danielle disfruta del poder que obtiene al cobrar por su cuerpo. Ella es la que decide, a fin de cuentas. Cuando le encuentra en el velatorio, sin embargo, algo ocurre que nos hace cuestionar esa descripción que más tarde le hará a Maya de su relación con él. Se la ve claramente decepcionada y celosa de su mujer, de la cual no conocía su existencia, al parecer. Ese hombre no es, entonces, una simple cuestión de poder, para ella. Hay algo personal (afectivo, quiero decir), en su encuentro con él.

 

La incontinencia verbal de sus padres afecta visiblemente a Danielle. Ver expuesta su intimidad la abruma hasta el punto que tiene que desaparecer, quizá para apropiarse de sí misma. Se refugia en el baño, donde tiene lugar lo que podría ser un ritual para ella. Se desnuda y se fotografía, y después envía su foto a alguien, quizá a su amante. Pero al poco vemos llegar a su móvil varios mensajes que no deben de ser de éste, pues comprobamos acto seguido que él no tenía su móvil en la mano, cuando volvemos a verle. Suponemos que Danielle habrá subido la foto a alguna red social, en la que quizá se venda. Quizá así entrara en contacto con su amante (tienen muchas dificultades para explicar cómo se conocieron, en el velatorio). El mecanismo de su acto parece claro: ella obtiene justamente esa satisfacción de la que hablaba con Maya, la de tener un cierto control sobre su vida cuando mayor es la sensación de perderlo. Pero con su amante, como decía, algo más parece estar sucediendo. Ella quiere algo más de él.

 

Quizá no es casual que ese hombre sea mayor que ella, y que follando le llame “papi”. Se podría pensar que busca un padre, inconscientemente. Ese alguien que ponga los límites que faltan en su vida. Pero claro, se está acostando con él, a la vez. O sea que quiere acostarse con su padre, por así decirlo, saltando para ello todo límite. Y quiere ocupar el lugar de su madre, de ahí los celos por la mujer de su amante. Danielle resuelve su Edipo perversamente, en términos psicoanalíticos. Se acuesta con su “padre” haciéndole pagar, usando la excusa del intercambio comercial para tapar el acto prohibido. Quizá todos los hombres que la escriben representen a ese padre. A la vez, hay que pensar que así quedará insatisfecho su deseo “legal”. Ella imaginaba que su amante estaba soltero (esto es, le veía como alguien diferente de su padre), luego quería ser su pareja legalmente, renunciando a su deseo incestuoso prohibido. El deseo edípico de sustituir a su madre no parecía tener influencia aquí, pues ella no sabía de la existencia de una rival. En el velatorio lo descubre, y allí se engancha de nuevo con la idea prohibida, perversamente, yendo más allá de los límites, al intentar poner de manifiesto para los presentes la relación que hasta ese momento había sido clandestina.

 

El comportamiento de Danielle es como el de una niña que tiene un deseo y no acepta renunciar a él. Es como el de la madre, que insiste en conseguir colocar a su hija, en contra del sentido común y del deseo de su propia hija, que está manifiestamente incómoda y se ve obligada a poner fin (a poner un límite) a la situación escapando. En estos casos, lo que no ha podido conseguir la educación (la interdicción, en psicoanálisis), suele “corregirlo” la realidad. Ocurre cuando Danielle se ve forzada a coger en brazos al bebé de su rival. Es la realidad hecha carne, la imposibilidad de tener lo que quiere expresada del modo más ineludible. Su amante es un padre con prioridades diferentes de las suyas, lo que Danielle quiere no está a su alcance.

 

No es exacto decir que Danielle vive la situación en el velatorio con displacer. Una parte de ella sí que lo hace, claramente. Es la adulta, su yo adulto, que como es lógico quisiera ser autónomo, capaz de vivir según sus propias ideas. Es aquello a lo da lugar lo que en psicoanálisis se conoce como identificación con el Ideal. El Ideal (Ideal del yo, lo llamó Freud) es lo que acerca al hijo al padre, es decir, aquello que le separa de la madre que todo lo da (y todo lo quiere), la madre fálica que con su hijo se siente completa, con la cual el hijo se siente completo también. Es la entrada en el mundo de los límites, del orden que Danielle tanto desea cuando se ve expuesta al caos de los padres, en el velatorio, que a nosotros, los espectadores, tan incómodo nos resulta también, por lo mismo que a ella. Hasta que no aparecen esos límites, por la interdicción paterna, hay caos, pero también un gran placer. Éste es un placer inconsciente, vivido por la otra parte de Danielle, la infantil. El placer de completar a la madre y hacerla feliz, y ser adorado en consecuencia por ella. El goce, o placer no atravesado por la Ley, en términos lacanianos.

 

La relación de Danielle con Maya tiene algo de eso que llamo lo adulto, o el Ideal, en cuanto que al ser una elección diferente de lo que la madre desea, la independiza de ella. Se podría decir, incluso, que se trata de una manifestación de la identificación con el padre, al elegir Danielle como objeto sexual al mismo sexo que eligió él. Vemos en su cara una expresión de relajamiento y de satisfacción al dar la mano a Maya que contrasta con el agobio y la angustia vividas en el velatorio, donde acabó desahogándose en lágrimas y confesándole a su madre que “no puedo”. Pienso que se refería, en el fondo, a la imposibilidad de satisfacerla, manifestada visceralmente por la asunción de la gran pérdida que para ella suponía dejar de ser el falo de la madre. Pero sólo ese reconocimiento le abriría las puertas de la adultez, con sus satisfacciones relativas, comparadas con la absoluta beatitud de lo infantil.

 

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