Roma (2005), Bruno Heller

Roma (2005), Bruno Heller

LO QUE UN HIJO HACE POR SU MADRE

 

 

Dada la típica configuración que el psicoanálisis ha definido como Complejo de Edipo, Bruto (el “hijo”)  acaba matando a César (el “padre”), con el fin de robarle su poder, quizá un sustituto encubierto de la madre deseada (Servilia).

 

 

César ha conquistado la Galia, y vuelve a Roma para gobernar. Allí está su amante, Servilia, que le ha esperado durante los ocho años de la larga campaña de conquista. Las ambiciones políticas de Cesar se interponen entre ambos, sin embargo. Él da prioridad a esas ambiciones, por lo cual se ve obligado a renunciar a su amante. Servilia se niega a aceptarlo, motivo por el cual, o sea, por despecho, empuja a su hijo, Bruto, a oponerse a César y a discutirle el poder. Con el fin, esto es, de castigarle. 

Entre César y Bruto existe, por su parte, una relación paterno filial. En ella no faltan los habituales conflictos edípicos, que en este caso se manifiestan en lo político, donde el uno defiende ideas opuestas a las del otro.

Como resultado de este complejo de relaciones a tres bandas, en la típica configuración que el psicoanálisis ha definido como Complejo de Edipo, el “hijo” acaba matando al “padre”, con el fin de robarle su poder, quizá un sustituto encubierto, éste, de la madre, si nos atenemos a la letra del Complejo.

 

El Edipo es ese triángulo amoroso donde sobra el padre, en un primer tiempo del Complejo (Edipo simple), y que posteriormente se organiza en torno a las parejas alternantes madre/padre e hijo/padre (lo que en la teoría se conoce como el Edipo completo). Según el psicoanálisis, dicho complejo informa de todas las posibles relaciones humanas. La configuración inicial, en torno a la cual se juega el conflicto entre Servilia, Bruto y César, en esta serie, reza que el hijo “matará” al padre para “poseer” a la madre, en términos simbólicos. Lo cual básicamente significa que, en la infancia, el hijo quiere a la madre para sí, o sea, para que se ocupe de él exclusivamente, y por eso desea que el padre “muera”, esto es, que desaparezca y no le discuta la atención de su madre. En un segundo tiempo, como decía, esto cambia, de tal modo que el que estaba inicialmente excluido encuentra su sitio al lado de los otros. Así, Bruto puede querer a César, incluso darle prioridad sobre su madre, temporalmente, y éste hacer lo propio con el primero, y Servilia puede desplazar a Bruto para introducir a César entre ambos.

 

Las relaciones que el hijo mantiene con su madre y con su padre son, desde esta perspectiva, el modelo de todas las otras relaciones que un ser humano puede mantener en su vida. Ambas relaciones se definen esencialmente por la ambivalencia, o sea, por las manifestaciones de amor y de odio dirigidas a la misma persona. Dada esta ambivalencia, se puede querer y a la vez mal querer a cualquiera de esas personas con las que se tenga relación. Las razones de esta alternancia de sentimientos habrá que buscarlas en la satisfacción o insatisfacción puntuales que dichas relaciones procuren. Para entender ajustadamente lo que quiero decir hay que pensar que “amor” y “odio” son conceptos que están en extremos opuestos de una línea que podríamos llamar “relación”, entre los cuales se encontrarían el amor y el odio relativos. Amor y odio son, quiero decir, conceptos estrechamente vinculados. Pero no se trata, en realidad, de conceptos verdaderamente opuestos. Tienen algo esencial en común, y es que ambos son sentimientos dirigidos al mismo objeto. Se odia a quien se ama, no a quien es “indiferente”, por así decir. Éste último, el de la indiferencia, sí sería un concepto opuesto al del amor (o al del odio), pues tendría que ver con la ausencia de sentimientos de cualquier signo. 

 

Servilia ama a César, pero puede llegar a odiarlo casi sin solución de continuidad. Bruto se relaciona del mismo modo con su madre y con su “padre”. Y esto, como decía, es lo que define a estas relaciones prototípicas como iguales. Desde otra perspectiva, sin embargo, son relaciones muy diferentes. Bruto no ama a su padre como a su madre (y tampoco es que César sea su verdadero padre, por lo que, siendo exactos, no podría amarle como a éste). La madre y el padre no son lo mismo para el hijo. La madre lo es todo para éste, durante un tiempo. Concretamente, hasta que aparece el padre como corte, como elemento que le separa de la madre. En psicoanálisis, a esta idea se la conoce como Ley del Padre. El concepto viene a decir, en pocas palabras, que el padre representa el límite, el “todo no se puede”, que al hijo se le aparece primero como obligación de renunciar al “todo” representado por la madre. Visto así, “madre" sería sinónimo de “todo”, o sea que, en términos simbólicos, ella sería la máxima aspiración de todo ser humano (porque, huelga decirlo, éste lo quiere todo). El padre, en cambio, representa la idea de que todo no es posible, pues la madre es su pareja, y por tanto el hijo debe compartirla con él. 

 

La aparición de este límite tiene grávidas consecuencias. Para empezar, implica la idea de “otro”, pues es con éste otro con quien hay que compartir el todo. Aceptar la presencia (existencia) del otro es aceptar lo diferente, las diferencias, las ideas diferentes. Servilia no puede aceptar las ideas de César, sólo existen las suyas: él es suyo o no es (de ahí que le quiera muerto). En otras palabras, ella no le acepta como es, no acepta al otro, que para ella, en cierto modo, no existe. Es una mujer fálica, en términos psicoanalíticos. El concepto tiene que ver con la idea de “falo”, que se refiere a lo valioso, siempre en la misma teoría. El falo es lo que uno de los sexos tiene y el otro no, de ahí que sirva como referente de valor, simbólicamente. El “falicismo” se refiere a la identificación del otro con el sustituto de ese falo faltante. El otro no es más que lo que falta para estar completo, en otras palabras. Luego no es un “otro”, sino algo más parecido a una “cosa”, que se usa a voluntad. Servilia usa a César de este modo, y a su hijo Bruto también. Ambos representan lo que ella desea… o no son nada para ella.

 

Bruto, como hijo de una madre fálica, está en una posición muy delicada. Su madre lo es todo para él, como explicaba arriba. Máxime, dado que ella no acepta límite alguno (no importa el deseo de nadie salvo el suyo). Ella, que debía ser el modelo de su hijo en la aceptación de la Ley del Padre, o sea, del límite a su deseo de todo, le transmite en cambio a su hijo que tal límite no existe. ¿Cómo podrá él, entonces, negarse nada a sí mismo? En su natural afán de tenerlo todo, esto es, a su madre, ¿cómo podrá pensar la idea de negarle algo a ella? Él nunca habría podido rehusar las propuestas de su madre, tan obstinadamente planteadas, pues darle todo a ella sería el modo imaginario de conseguir, a su vez, lo que él quisiera de ella. No satisfacerla sería, en pocas palabras, perderlo todo. Posición insostenible donde las haya.

 

La madre es, para todo hijo, el primer y mayor objeto de deseo que existe. La madre fálica lo es todo. La diferencia entre el primer tipo y el segundo está determinada por la aparición de la Ley del Padre. Si hay límites, entonces a la madre se la puede sustituir por otras relaciones, la primera de las cuales es el padre, y finalmente puede encarnarse en la pareja de vida. En este saludable escenario, cada posible relación, cada persona, se colocan en un lugar diferente, definido por características particulares, y sus encuentros se organizan por medio de reglas (otra vez los límites). Estas reglas protegen a cada cual de los excesos del otro. Bruto estaría probablemente vivo si hubiera podido decirle que no a su madre. Pero antes debería haber renunciado a ella, esto es, a colmar su deseo del “todo” que ella representó para él una vez. Un todo que es siempre imaginario, nunca real, pues la madre nunca le da realmente todo a su hijo. Este todo imaginario es la base de las más variadas representaciones culturales del paraíso, aquel lugar donde todo es posible, al que todos (los hijos) deseamos volver, en pocas palabras. 

 

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