Mare of Easttown (2021), Brad Ingelsby

Mare of Easttown (2021), Brad Ingelsby

PATERNIDAD Y SENTIDO COMÚN

 

 

En este mosaico de historias de paternidad son centrales las dificultades de los padres para atender a sus hijos. Padres que por sus propias carencias personales forman a su vez individuos carenciados, con grandes dificultades para sostener sus diferentes facetas adultas.

 

 

El hijo de Mare, drogadicto, se suicidó dejando atrás a un hijo pequeño. La madre del niño es también drogadicta e incapaz de cuidarlo, por lo que es la abuela paterna quien se hace cargo de él. La otra hija de Mare le guarda rencor por haberse visto obligada a descubrir a su hermano muerto. Mare estaba trabajando y no se hizo cargo ella misma de esa situación, cuando quizá habría podido (y seguramente habría debido).

 

Mare es policía en una pequeña localidad. Está investigando la muerte de una adolescente, madre a su vez de un niño poco mayor que un bebé. Ella había tenido a su hijo en contra de los deseos del padre, del que acabó separándose (probablemente por eso) y que ahora se hace cargo del niño a regañadientes.

 

Hay otras historias, en las que la serie se detiene lo suficiente como para que se entiendan y para que generen empatía. No entro a describirlas porque en todos los casos el foco de interés es el mismo, en mi opinión. Reside siempre en los avatares de la paternidad (incluyo a padres y madres en el término). Concretamente, en cada una de esas historias son centrales las dificultades de los padres para atender a sus hijos, por sus propias carencias personales, y las consecuencias que ello tiene en las vidas adultas de estos.

 

El padre de Mare era un policía depresivo, que también había acabado con su vida. Su madre se había centrado en él más que en su hija, y había vivido sus problemas desbordada, no pudiendo hacerse cargo de su rol de madre. Parece el mismo escenario que nos encontramos en casa de Mare. 

Ella, como insinuaba arriba, ha debido de vivir los problemas de su hijo de modo parecido, es decir, poniendo distancia con su maternidad, como su propia madre. Probablemente antes del estallido de la condición del hijo debió de verse superada por sus circunstancias. Me refiero al hecho de tener que dar espacio e importancia a las diferentes facetas de mujer, profesional y madre, sin la capacidad para ello. Porque, ¿cómo se hace una persona “adulta” (esto es, capaz de hacerse cargo de sus responsabilidades adultas)?, ¿cómo aprende una madre el oficio? intentaré dar respuesta a estas preguntas, en las siguientes líneas.

 

Diré, para empezar a reflexionar, que el lugar donde Mare parece más “cómoda” es justamente el de la última faceta, el profesional. Se agradece, por cierto, un retrato realista de este aspecto. Mare no es una súper policía, pero tampoco es todo lo contrario. Parece bastante capaz, y a la vez tiene limitaciones evidentes, pero razonables, en mi opinión. Dicho esto, señalaré que Mare es policía como su padre. La identificación con él debió de ser buena, en este sentido al menos. Si se muestra competente en alguna función es en esta. Es su verdadero sostén como mujer adulta. La identificación con el Ideal, en términos psicoanalíticos, habría dado al menos estos frutos. Pero Mare fue también una de esas hijas desatendidas, porque el padre y la madre estaban inmersos en sus dificultades propias. 

 

La presencia del Ideal ayuda normalmente a separar al hijo de la madre, con el fin de facilitarle que construya su individualidad, lo que llamamos en psicoanálisis su “yo”. El Ideal es un “reflejo” del padre, si éste es un ejemplo seductor, por así decirlo. Debe cumplir con ciertos requisitos, para ser una figura que capte la atención de su hijo positivamente, es decir, para que le aporte cosas que no tiene, para empezar a dar forma a ese yo. El padre de Mare debió de serlo, pues ella quiso parecerse a él, cuanto menos en lo profesional. Tras el padre pueden aparecer otros modelos ideales, pero él será siempre el primero, y el más determinante, si se darán las mencionadas condiciones.

 

Un problema que se puede sumar al dificultoso proceso de separación del hijo y la madre es el de la falta de una buena relación materno filial. Se podría pensar que una relación mala facilitaría dicha separación, pues ello significaría que faltaba el apego que debía ser superado. Las cosas, sin embargo, son de otro modo. El hijo se separa más fácilmente cuando ha tenido una relación suficientemente buena con su madre, y no al revés. Porque así estará más preparado. Dicho de modo simbólico, sería como si el hijo tuviera en su mochila suficiente amor para enfrentarse a la aventura de la vida él solo. En tal caso, la dificultad de la separación sería la normal, aquella debida a la renuncia a muchos de los beneficios de esa buena relación.

 

Mare fue una hija carenciada, mal atendida. Con un pobre bagaje para la vida, si lo miramos así. Todas las madres (y padres) de esta serie tienen esto en común. Son poco capaces de atender las necesidades de sus hijos. No es que no les quieran. Es que no saben en qué consiste la paternidad. Como no sea en la desatención que han experimentado, quiero decir. La serie, de todos modos, plantea la idea de que el deseo de paternidad es una opción, no una obligación. Vemos padres que no desean tener hijos, como he comentado, pero esa no es la primordial causa de los males que se nos muestran, o no es éste el problema en el que inciden los autores.

 

Ese padre adolescente que se ve forzado a ocuparse de un niño al que claramente no deseaba es la prueba más palpable de lo que ocurre cuando las cosas empiezan mal. No podemos saber qué será de su hijo, pero, ¿qué podría obtener éste de la falta de afecto de su padre? Es, de entre todos los ejemplos de la historia, el padre peor preparado para serlo. Lo cual no es raro, dada su edad. Tampoco lo es que no quiera tener hijos, en ese momento de su vida. Es lo normal. De hecho, yo me preguntaría más bien de dónde proviene el deseo de su pareja de tenerlos, tan joven. 

En el retrato de esta adolescente, vemos que ella hace de “madre” en su casa. Parece haber ocupado el lugar de su madre muerta. Se ocupa de la casa, le prepara a su padre la comida. Luego, descubriremos que su hijo era de otro. Había mantenido una relación en secreto con su tío. 

Así, responder a la pregunta por la naturaleza del deseo de maternidad se convierte en una tarea complicada, para nada evidente. Nunca lo es, pero en este caso, dada la edad de esta madre, menos aún. ¿Había un secreto deseo de darle un hijo a su padre? Según la teoría psicoanalítica este tipo de deseos es habitual, en el inconsciente. Tiene que ver con el Complejo de Edipo, según el cual, muy simplificadamente, el hijo desea al progenitor de sexo opuesto (esto, en un sentido infantil). Este deseo se mantiene habitualmente sepultado, en la que sería su resolución más sana tras la infancia, pero esto no siempre se da, y entonces pueden darse manifestaciones patológicas, como quizá ocurre en este caso. Erin, esta madre adolescente, habría realizado ese deseo edípico inconsciente en lugar de sepultarlo, cambiando sólo un aspecto del mismo, el grado de parentesco del hombre deseado. 

Para responder a la pregunta abierta unas líneas arriba, en función de lo expuesto, diría que el deseo de maternidad de Erin es demasiado infantil, que está ligado a un Edipo mal resuelto. Tal como lo señalaba, dicho complejo se suele sepultar, normalmente, por la influencia de la educación, durante la infancia. Aquí, entonces, nos encontraríamos con una educación que no habría funcionado correctamente, que en su fallo habría puesto a Erin en una posición poco ventajosa para desarrollarse normalmente, impidiéndole transitar las etapas de la vida ordenadamente. Complicándole la vida enormemente, en pocas palabras. 

 

La educación pone límites al deseo infantil. Los padres enseñan a los hijos qué deseos son correctos y cuáles no. Les enseñan que todo no se puede. Para los niños es un proceso de aprendizaje difícil pero, en verdad, bastante asumible, si es conducido con sentido común por sus padres. Si estos han entendido que ese proceso es difícil, que no deben forzar el progreso de sus hijos, esto es, adelantarse a ellos, a sus experiencias, exigiéndoles de más. El resultado de este aprendizaje es, en este último caso, la adquisición de la capacidad para vivir en sociedad y aprovechar todo lo que ésta puede brindar (habida cuenta de lo mucho a lo que se renuncia para ingresar en ella, esto es, a la omnipotencia infantil).

 

Más que desde un punto de vista moral, por tanto, con las implicaciones de interrumpir un embarazo en tela de juicio, pienso que la situación se debería examinar desde la apelación al sentido común. Preguntándose qué sentido tiene desear un hijo a esa edad, como cuestión preliminar. Porque, ¿de dónde puede un adolescente sacar el tiempo para criar a un hijo? La respuesta lógica a esta pregunta sería que de su formación. Si no, si esta se hubiera dado por finalizada, redundaría entonces en la privación de la vida propia de las personas de su edad, que muy a grandes rasgos podemos decir que consiste en descubrir el mundo por sí mismas, en vivir aventuras, en el fondo. No, quiero decir, como experiencias frívolas sin más, sino como experiencias valiosas para ampliar su escaso conocimiento sobre las relaciones humanas (entre ellas, las de paternidad y filiación). Son ideas de sentido común, a las que sólo un deseo infantil sin límites es inmune.

 

Unos párrafos atrás planteaba preguntas sobre la construcción del individuo y de la paternidad. Habiendo hablado de la educación y del sentido común, o de la educación del sentido común, creo que disponemos de una buena perspectiva para responderlas. 

No hace falta ser psicoanalista para alcanzar la “verdadera” adultez, y tampoco son necesarios los conocimientos que aporta esta disciplina para ser un buen padre (aunque desde luego no le sobrarían a nadie). Es suficiente con poseer aquello tan vulgar y a la vez tan raro que llamamos “sentido común”. Éste, como he señalado repetidamente, debe aprenderse, y se enseña habitualmente en casa. Lo puede enseñar casi cualquiera. Digo “casi” porque deberán cumplir un par de requisitos, los maestros del sentido común. El primero, estar en posición de ser elegidos como modelos. Lo cual puede ocurrir por diferentes razones. La principal e insuperable vía, la de ser seleccionados para ello por las madres. Pero no con cualquier criterio, pues sólo sirve realmente uno, a priori, el de ser su pareja deseada. Pero otros pueden colocarse como modelos, también, aunque su incidencia en la educación será normalmente menor. Los hermanos mayores pueden serlo, los profesores también, y, en resumidas cuentas, todos aquellos personajes admirados, en los que el individuo se fije y con los que se pueda identificar, esto es, de los que pueda incorporar algo en su Ideal. 

El otro requisito al que me refería es más obvio, es el de que para poder enseñar el maestro debe saber. Por eso, aunque a priori el elegido esté bien posicionado como modelo, todo va a acabar dependiendo de la capacidad que demuestre como persona (y como educador, claro), a posteriori. 

En esta serie, como lo señalaba al principio, esta capacidad brilla por su ausencia, en los diferentes ejemplos de paternidad descritos. Lo que ésta parece querer mostrarnos es que esto que llamamos “sentido común” no es algo a fin de cuentas tan habitual. No es algo, en todo caso, que venga dado. Es algo que debe aprenderse. Si las fuentes originales de conocimiento (lease los padres u otros modelos capacitados y disponibles para la infancia) flojean, los individuos sólo podrán aspirar a aprender por sí mismos (para compensar es carencia). 

Quede claro, por si no lo estaba ya, que quizá nadie puede aspirar a aprender nada si no hay en él (en su Ideal) un mínimo de identificación con el conocimiento. Si no aparece, en otras palabras, un modelo mínimamente atractivo de inquietud por el saber. De lo contrario, la identificación será con el no saber, con la ignorancia. 

 

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