Living (2022), Oliver Hermanus

Living (2022), Oliver Hermanus

CUANDO LA CULTURA SE IMPONE y EL YO DESAPARECE

 

 

Lo que nos muestra esta película es lo que ocurre cuando la cultura pone excesivo énfasis en el control de los individuos, seres eminentemente deseantes. Cuando busca que estos olviden lo que una vez fueron. Nos muestra que el castigo por desear es la castración, esto es, la pérdida de lo que es más querido.

 

 

El sr. Williams es un burócrata impasible, que considera su más alto deber ignorar las demandas de los ciudadanos que llegan a su mesa. Él siempre había querido ser un perfecto caballero, y quizá ha llegado a parecerse a los caballeros que admiraba, pero aquella tan elevada naturaleza del puesto debió de escapársele al niño soñador que fue, porque acabó convirtiéndose en una pésima persona, y por añadidura en un pésimo profesional, cosas que seguramente no desearía aquel niño.

 

El sr. Williams es incapaz de escuchar. A él vienen personas con sus deseos en la mano, fríamente representados por unos temibles formularios. Personas como unas madres que se empeñan pertinazmente en conseguir que sus hijos tengan un parque, un lugar donde jugar al aire libre con otros niños. Él no puede escuchar esos deseos. Quizá haya olvidado lo que es desear. Es probable que la primera persona a la que dejara de escuchar fuera él mismo.

 

Me parece interesante que sea precisamente algo de la niñez, la edad de la ignorancia, algo como un parque infantil, lo que se le ponga entre ceja y ceja a un “zombi” como el sr. Williams tras su “vuelta a la vida”. También que sólo se permita realizar su deseo (y el de esas madres) tras descubrir que tiene un cáncer terminal. Podríamos ver en esta enfermedad la metáfora de un cruento conflicto interno, entre sus deseos infantiles y otros, también pertenecientes a la infancia pero ajenos, con la forma de rígidas reglas de conducta, que ha convertido su cuerpo en un páramo tóxico. Se entiende que la aparición de la enfermedad terminal, la castración definitiva, puede ser lo que le permita saltarse esas reglas tan concienzudamente aprendidas. Porque esas reglas habían sido importantes, cruciales para mantener a raya el miedo a no ser querido (angustia de castración, en términos freudianos). Pero ahora, ¿tenían la misma importancia? Satisfacer su deseo ya no debía de estar tan prohibido porque, de todos modos, sería castigado con la muerte. Podía hacerse el tonto, volver a ser un niño, en otras palabras, porque de nada le había servido ser tan recto. Quizá le habían engañado.

 

¿Por qué se hace deseable para el sr. Williams volver a la vida, entonces? ¿Qué sería “vivir”?, para entendernos. Para él las cosas cambian cuando desaparecen ciertas convicciones, como he señalado. Antes, quizá pensara que vivir consistía en respetar unos códigos rígidos y extremadamente exigentes de conducta, porque quizá estos le protegieran de algo. Después, cuando sus expectativas cambian radicalmente, y ya no es necesario protegerse, cobra protagonismo la idea de dejar que la voluntad actúe sin (tantas) restricciones.

 

Pienso que para comprenderlo un poco mejor hay que seguir pensando en la infancia. A los niños les gusta jugar y fantasear. Los juegos también tienen reglas, y los niños las aprenden porque así pueden disfrutar del juego. Son reglas que posibilitan el placer. Para los caballeros como el sr. Williams parecería que las reglas tuvieran una razón de ser opuesta. Que sirvieran para reprimir el placer, la espontaneidad de la voluntad. El deseo, en una palabra. 

 

Los niños fantasean porque tienen deseo (las fantasías sirven al mismo fin que los sueños, a satisfacer deseos; son algo así como sueños diurnos, que diría Freud). Incluso si quieren convertirse en cosas tan absurdas como unos perfectos caballeros, a sus ojos se trata de realizar fantasías maravillosas. Pero por un proceso cultural en cierto grado inevitable, aprenden a renunciar a sus fantasías. Como ese nuevo empleado que vive con visible resignación (no exenta de frustración) que se le vayan enseñando las reglas de la empresa, que pasan por levantar, literalmente, muros a los demás, los otros a los que él desearía acercarse. Son límites excesivos, que en este caso separan a las personas entre sí pero también a cada uno de su propio deseo. Porque transmiten la idea de que la cercanía al otro está mal, y por tanto que también lo está el deseo del otro. Pare entenderlo hay que manejar los conceptos psicoanalíticos de “relación de objeto” y de su opuesto, “narcisismo". El “ser humano” no es tal, de hecho, hasta que no se puede relacionar con el otro (el objeto), hasta que, en otras palabras, conoce los límites a sí mismo (a su narcisismo). Sólo cuando existe para los otros, existe realmente, y entonces desea relacionarse con ellos.

 

Lo que nos muestra esta película es lo que ocurre cuando la cultura pone excesivo énfasis en el control de los individuos, que son, no lo olvidemos, seres eminentemente deseantes. Cuando ésta les pide que olviden lo que una vez fueron. Nos muestra un escenario donde el castigo por desear, por no atenerse a las reglas, no importa lo excesivas que sean, es la castración. Donde esta es utilizada como justificación para una represión excesiva del deseo. La castración se relaciona, simbólicamente, con la pérdida de lo más querido. El niño que no está a la altura de las demandas de su madre será abandonado por ella, en su fantasía. Sólo una amenaza de este calibre puede dar lugar a una cultura tan empeñada en la enseñanza del autocontrol y tan exitosa en su empeño. 

 

Lo cual es como estar un paso más allá de lo que Freud llama “el malestar en la cultura”: si la cultura impone unos límites al deseo, en opinión de Freud, es porque estos son necesarios para convivir con el otro, para aceptar que también el otros tiene derecho a satisfacer su deseo, y si todos aceptan estos límites, podrán verse satisfechos con mesura, jugar al juego de la cultura, por así decirlo. Todo lo cual sería una situación razonable, beneficiosa para el bien común y también para el propio, no exenta de inconvenientes, pues la renuncia a la satisfacción que exige la cultura se vive con malestar. El sr. Williams, en cambio, vive los inconvenientes de una renuncia excesiva (tanto que podríamos ver su cáncer como la expresión metafórica de una situación insostenible). Quizá la única vía de satisfacción que le queda es la del ejercicio del poder, que él “disfrutaría” aplicando el mismo exceso de celo con que reprime su deseo, de ahí la manía de negarle todo a los ciudadanos que acuden a él (para que haga su trabajo, paradójicamente, en una consecuencia perversa del funcionamiento de esta particular cultura de la represión).

 

Hasta que esa cultura que le reprime deja de ser incuestionable para él. Idealmente, él habría debido tener la capacidad de cuestionar su cultura, porque sus padres le habrían educado para tener opciones, esto es, ideas propias. Cuando esto no ha ocurrido, como aquí, al individuo no le queda otro remedio que someterse, aceptar que las cosas son como son, o sea, como le han enseñado. En la película ocurre que algo de la realidad externa ejerce un efecto liberador en el sr. Williams. Es la enfermedad. Porque su realidad interna, la de su mente, está “ocupada”.  Allí no hay lugar para otras ideas que las de un dictador que se ha impuesto en el poder despóticamente. 

Es en la realidad interna donde residen las ideas a las que el individuo se somete, o que por contra le liberan. Si son ajenas, heredadas de los padres, uno se somete a ellas adoptándolas (identificándose con ellas, dice el psicoanálisis). Si son propias, es el yo el que se afirma, liberándose de esas identificaciones limitadoras. El yo se somete a ideas ajenas cuando es débil, y esto ocurre cuando no se le ha educado para la independencia, porque ésta, quizá, sea percibida como amenaza, ¿Amenaza de qué? Siempre de lo mismo, de castración, de rechazo, de abandono, en un ciclo sin fin que sólo la aparición de lo diferente modifica. La aparición del otro, de nuevo, que al traer otro punto de vista, un contrapunto, puede facilitar ese cuestionamiento de la cultura del que hablaba antes. Ese otro que idealmente es le padre en el ejercicio de la función paterna, como límite que protege del exceso. En este caso, de una ley despótica, ley que no es ley, en verdad, pues es arbitraria. El sr. Williams no tuvo un padre así, quizá, y por eso debió esperar a que un cáncer le independizara.

 

0
Feed
© 2024 Cine al Diván Todos los derechos reservados
Producido por BeeDIGITAL