La última noche (2002), Spike Lee

La última noche (2002), Spike Lee

FALTA DE LÍMITES Y DESCONFIANZA

 

 

Monty vive al margen de la ley, donde consigue todo lo que quiere. Alrededor de Monty todos se sienten especiales. Su padre, que puede mantener su restaurante, ajeno a los límites de la razón (y de la economía). Su novia, que vive sin preocupaciones. Y sus amigos, que tienen acceso a la realización de sus deseos, como Jacob, o al menos a la fantasía de realizarlos. Ejemplo de esto es Frank, que fantasea con la glamurosa novia de su amigo.

 

 

Monty es un traficante de droga que ha sido condenado a siete años de cárcel, al que le queda una última noche de libertad. Con su dinero y su posición ha sido capaz de ayudar a su padre, que tiene un restaurante atenazado por las deudas. Su novia, Naturelle, podría ser quien le delató a la policía. Monty no lo sabe, pero tampoco está seguro de poder fiarse de ella. Su jefe tampoco está seguro de que Monty no le haya delatado a él para rebajar su condena. Su libertad se agota en un último encuentro con sus colegas de la infancia. Está Jacob, que es un profesor de instituto enamorado de una alumna. Esa noche, Monty la invita a la celebración de su despedida en una discoteca, y Jacob cruza un límite al besarla. Y está Frank, un broker que está colado por la novia de Monty y se echa en cara no haber ayudado a su amigo a salirse del camino que escogió.

 

Monty vive (y se gana la vida) al margen de la ley. Es una vida con el glamur del dinero, que todo lo puede comprar. En su última noche, es el dinero el que le permite celebrar su despedida en una discoteca de moda, sin las barreras que otros se encuentran. Es así, con el poder económico al que tiene acceso, producto y expresión de la falta de límites, como embelesa a los que le rodean. Como a la joven estudiante de su amigo, rendida ante las posibilidades que se le abren cuando se relaciona con ese poder, el poder de acceder a lo que otros no pueden, esto es, a sentirse especial. Porque alrededor de Monty todos se sienten especiales. Su padre, que puede mantener su restaurante, ajeno a los límites de la razón (y de la economía). Su novia, que vive sin preocupaciones. Y sus amigos, que tienen acceso a la realización de sus deseos, como Jacob, o al menos a la fantasía de realizarlos. Ejemplo de esto es Frank, que fantasea con la glamurosa novia de su amigo.

 

Es el glamur de la omnipotencia. Al margen de la ley nada es imposible, sólo existe el placer. O, como se lo llama en psicoanálisis, goce. Son dos palabras habitualmente sinónimas, que el psicoanálisis usa de forma distinta teniendo en cuenta un factor añadido, que las diferencia sustancialmente. Me refiero al de la Ley del Padre. Límite o corte, en términos coloquiales. Es que desde su punto de vista no es lo mismo disfrutar dentro de esa Ley que fuera. O dicho de otro modo, jugar según las reglas del juego o sin ellas. Son dos placeres diferentes, visto así. Uno, el “placer”, está dentro de la Ley, es el producto de jugar según las reglas, donde no todo vale. Implica un aprendizaje, y por tanto una renuncia… a lo prohibido. Freud lo llama vivir en la cultura, que es en pocas palabras aquello que diferencia al ser humano de sus parientes lejanos los animales, pues si estos se privan de lo que quieren sólo ante el peligro de muerte, los seres humanos son capaces de hacerlo por un bien mayor, la llamada cultura, o civilización. Esto es, no ya por evitar ese peligro, sino por conseguir algo que consideran superior a lo deseado con más inmediatez (bien es cierto que, entre otros, porque han entendido que la cultura les protegerá de dicho peligro: la cultura es el conjunto de reglas, normas o leyes que les permite vincularse con los otros, de lo cual depende, en buena medida, su seguridad).

 

Monty y, en general, los personajes que le rodean, viven de este lado de la Ley, pero tienen todos ellos experiencias con el otro lado, el más allá del principio del placer, como lo llama Freud. Esto es, con el goce, o placer no atravesado por la ley, por así decirlo. Obviamente Monty es un criminal, y aquellos otros personajes, como el padre, la novia y los amigos, no. No se entendería correctamente lo que quiero decir sin tener en cuenta otro factor, la culpa, que es determinante en la vida de todos ellos. En la de Monty también, aunque en su caso quizá no tanto como la tendencia a saltarse la ley.

 

Monty vive instalado en la transgresión durante toda una etapa de su vida, hasta que es descubierto. Un día, como acabará sabiendo, un “amigo” le traicionó, revelando información sobre sus transgresiones a la policía, para librarse él de las suyas. Es que nadie es de fiar en ese lugar al margen de ley. ¿Y cómo serlo? Porque, ¿en qué se puede confiar si no existe (el respeto de) la Ley? Si no hay límites, ¿qué respeto (del otro) puede existir? En ese lugar sin límites, el otro no existe, sólo el uno.

 

Otro asunto sería entender si Monty fue realmente incauto, si no entendió el funcionamiento del mundo del crimen y pagó por ello el precio, o si otra cosa pudo haber ocurrido que explicara su caída. Es que no parecía un tipo idiota, todo lo contrario. ¿Realmente se descuidó en un asunto tan trascendental (el premio por toda su carrera criminal, sus ganancias acumuladas, nada menos) que acabó costándole su condena? Si esto parece no tener sentido, quizá no lo tenga. ¿Habría alguna otra explicación más plausible de ello? En mi opinión, sí.

 

El psicoanálisis entiende que todos los individuos normales poseen un juez interno, que dicta el curso de sus vidas sin que deba intervenir ningún órgano legislativo externo que, con la amenaza del castigo por sus transgresiones, les inhiba de cometer actos criminales, o sencillamente incorrectos. Es el superyó, un precipitado interiorizado de los padres legisladores, representantes de ese orden que Lacan llamó Ley del Padre. Nunca es un juez perfecto, perfectamente justo, quiero decir, este superyó. Puede equivocarse de varios modos. Puede ser extremadamente exigente, lo cual degenera en una dificultad para actuar y en un sufrimiento psíquico derivado considerables. O puede ser demasiado laxo, si las figuras de esos padres fueron poco claras, o poco funcionales, dicho de otro modo.

 

En el caso de Monty, se diría que un superyó así de laxo sería el causante de su deriva criminal, y a la vez de su inevitable caída. El fallo del superyó de Monty consistiría en no haberle podido parar antes de convertirse en un criminal. Sea como fuere, se hace finalmente presenta a través del sentimiento de culpa. La culpa es su modo de hacerle pagar a Monty su transgresión. Para evitar esa culpa, para expiarla, en este caso, él debe poner en marcha las acciones pertinentes. ¿Y qué otra cosa sería el revelar el fruto de su mala conducta, su dinero sucio, para que la autoridad lo encuentre? Porque si el superyó no es suficientemente capaz de poner freno al exceso, es la autoridad externa la que debe hacer acto de presencia, para acallar la culpa de la transgresión con una condena adecuada. Sería el superyó, entonces, y no su idiotez, el que, inconscientemente, habría impulsado a Monty a cometer la “imprudencia” que he comentado, para así revelar su crimen. Es que el superyó actúa, en buena medida, inconscientemente.

 

En torno a Monty, como señalaba, otros viven su relación con la ley de otro modo, aunque contagiados en cierto grado del gusto de la transgresión. Su padre no rechaza la ayuda de su hijo porque así le conviene. No importa que por su inacción se haya convertido en un criminal. Seguramente sea incapaz de ver su parte (o la de su madre) en ello. Lo cual explicaría la desviación del recto camino de Monty, claro. Naturelle se relaciona del modo que le conviene con el torcido camino de su novio. Disfruta de los frutos de la falta límites, en pocas palabras. ¿Y sus amigos? Ellos tienen sus conflictos con la transgresión, esto es evidente. Jacob no está cómodo compartiendo el escenario que Monty le prepara con su alumna, pero a la vez está claro que lo desea. En determinadas condiciones es muy difícil ignorar la tentación, pero también es cierto que una mejor apropiación de las reglas puede ser lo que enderece cualquier desviación. Tanto Jacob como Frank son, en cierta medida, “ignorantes”.

 

Frank está secretamente enamorado de la novia de su amigo, como si nada en él le hiciera “entender” lo inadecuado de volcarse en un objeto de deseo prohibido. Esta comprensión, de existir, seria suficiente para inhibir su interés. Sería una comprensión inconsciente, de nuevo. Un producto de la educación (que no es lo mismo que la formación escolar o que un adoctrinamiento deliberado: es más sutil), tremendamente útil pues, entre otros, le libraría de algunas culpas.

 

La educación es paterna, viene de los padres. Y el hijo la aprende de la conducta de éstos antes que de sus palabras. No es que éstas no cuenten, es que sólo tienen calado si están apuntaladas en la conducta. Las palabras cuentan si van en la misma dirección que los actos, por decirlo así. Estos son, en definitiva, más fundamentales. “Educación" no es lo que se dice, pues, tanto como lo que se hace, en la relación de los padres con el hijo. No puede ser muy consciente, por tanto. Se podría decir que el hijo no se esfuerza por aprender cuando mira a sus padres, pero sí cuando va a la escuela. En casa, se deja atravesar por las enseñanzas paternas, que se muestran sobre todo a través del trato que recibe, que es una muestra encarnada de esas enseñanzas. Se podría decir, en resumidas cuentas, que en los actos hay más verdad que en las palabras, y que los hijos los reciben inconscientemente. Y sin resistencias, cuando les aportan más de lo que les quitan. Cuando les dan orden y a la vez sacian su deseo, es decir, cuando les ayudan a entender el juego de la cultura y a dominarlo. Entonces el precio a pagar, esto es, las renuncias culturales (las prohibiciones), es más aceptable.

 

Jacob y Frank carecen de comprensión. No ven claramente los límites, no conocen las reglas del juego. Al menos, no conscientemente. Quiero decir que tampoco carecen de esos límites del mismo modo que Monty. No van por ahí viviendo al margen de la ley. Su superyó no se lo permite, teniendo en cuenta todo lo dicho. En contacto con la tentación, sin embargo, muestran que sus principios éticos (o superyoicos) son débiles, están mal incorporados. Viven dentro de la ley, pero torpemente, dejando que su deseo se desboque y pagando con la culpa. Jacob, la del deseo de su alumna, Frank la de la novia de su amigo (que él interpreta, erróneamente, en parte, como culpa por no ayudar a su amigo a ver sus errores: todo lo más que podría haber hecho sería dejar de relacionarse con él, si no le aprobaba. Sería ingenuo pensar que le habría “enseñado" el camino recto: eso sólo los padres pueden hacerlo).

 

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