La peor persona del mundo (2021), Joachim Trier

La peor persona del mundo (2021), Joachim Trier

LA INCONSISTENCIA DE LO FÁCIL

 

 

Julie vive en el infantilismo, ese beatífico estado de consciencia en que el mundo permanece inmóvil y todo es posible. Pero se trata de un inacabable proceso de búsqueda de satisfacciones que son pasajeras por definición, pues para evitar la frustración es necesario sustituir un objeto por otro en una búsqueda sin fin. Proceso agotador y angustiante donde los haya, pues el abismo de la falta acecha tras cada elección.

 

 

Julie es una chica brillante. Con las mejores notas, quiere estudiar medicina, la carrera más exigente y, quizá por ello, la más deseable también. Pero pronto descubre que esa no es su vocación. Lo es la psicología. Hasta que deja de serlo, porque hay una nueva, esta vez la fotografía. 

Con sus relaciones sentimentales a Julie le pasa algo parecido. Parece que, como le dice Aksel, uno de sus novios, llegado un momento de dificultad, las abandona.

 

A Julie y Aksel les separaban quince años. Ella tenía treinta, y aún no quería formar una familia como él. Por lo demás, no tenía planes definidos de vida. Quizá por eso acabó dejándole. Había conocido a Eivind, con el que disfrutaba sin la necesidad de planificar su futuro. Hasta que se quedó embarazada accidentalmente y perdió al bebé. Después siguió adelante por su cuenta, mientras Eivind formaba una familia con otra mujer. 

 

Los padres de Julie están separados. Su madre tiene una relación con una mujer, mientras que su padre ha formado otra familia, y no tiene un interés particular por mantener el contacto con la antigua (o sea, con ella).

 

Como se ve, hay todo un rastro de inconsistencia a seguir, si queremos conocer a Julie. Empieza con las elecciones de sus padres, como no podía ser de otro modo. Estos, o bien renunciaron a su orientación sexual, o bien perdieron el interés por la familia que habían construido. “Elecciones” ambas que podríamos interpretar desde la conducta desapegada de Julie, es decir, por lo que hay de común en la modalidad relacional de los tres miembros de la familia. 

 

Julie parece conseguir fácilmente todo lo que quiere, pero tiene dificultades para conservarlo desde el momento en que ello le exige esforzarse. Es razonable suponer, por tanto, que nada le ha costado demasiado. Así es como escribe, en un momento de inspiración, un brillante artículo de opinión que publica con cierta repercusión, para luego no volver a escribir. Así conseguiría, muy probablemente, sacar las notas que luego intentó “canjear” por una vocación, por definición lo opuesto de aquello fácil por lo que ella siente inclinación. 

 

Si nuestra interpretación es correcta, Julie no hace sino poner en práctica lo aprendido. Si una relación sentimental fracasa, se busca lo opuesto, quizá así funcione. Así nos podríamos explicar el cambio de orientación de la madre. Si una familia se convierte en una carga, quizá porque una hija se ha hecho mayor, o por cualquier otra razón, se crea otra. Así le enseñaría su padre lo que piensa del compromiso familiar. Es, en todos los casos, un modo de actuar más propio de la infancia, desde la infantil percepción de que el valor de las cosas se mide por la facilidad con que se obtienen y se conservan. 

El bebé consigue lo que quiere llorando. Entonces el mundo se pone en marcha para darle lo que necesita. Es una conducta relativamente fácil y enormemente satisfactoria, en cuanto a resultados. Es, según Freud, la vida de “su majestad el bebé”. El adulto no consigue nada si no realiza él mismo los pasos intermedios hasta su objetivo deseado. Es un proceso bastante más difícil, y en cualquier caso inconsistente, a menos que el esfuerzo no se convierta en costumbre. La diferencia entre una y otro, más allá del comentado grado de dificultad, radica en la idea que los sostiene. En el primer caso, la de que “todo” está al alcance de la mano, como en el paraíso. En el segundo lo importante es la idea de que “todo” es posible si uno lo desea lo suficiente (traducido al lenguaje adulto, esto es, atravesado por la Ley del Padre: si el individuo se esfuerza lo justo, si está dispuesto a pagar su precio, podrá conseguir…). El primer “todo” es absoluto, pues el bebé no ha incorporado aún la idea de límite, y no ha sido separado por ella de su paraíso materno. El segundo es relativo, pues el adulto ha aprendido que en verdad “todo” no se puede, marcado por esos límites, y ya sólo se esfuerza por conseguir aquello a lo que sí puede tener acceso (de todos modos, quede claro que se trata de un gran “sí”).

 

Julie sigue un camino marcado, como decía, por la inconsistencia. Es su camino, son sus elecciones, con sus pros y sus contras. Entre los primeros, el majestuoso infantilismo, ese beatífico estado de consciencia en que el mundo permanece inmóvil y, de nuevo, todo es posible: ir de una profesión a otra, de una relación a otra, sin límites, sin frustración. Por contra, se trata de un inacabable proceso de búsqueda de satisfacciones que son pasajeras por definición, pues para evitar esa frustración debida a los límites (al “no” de la Ley) de la que hablo, es necesario sustituir un objeto por otro en una búsqueda sin fin. Proceso agotador (y angustiante) donde los haya, pues el abismo del no, de la falta, acecha tras cada elección. 

Donde esa omnipotencia infantil es limitadora, pues encadena con la necesidad de repetir una y otra vez la satisfacción, el atravesamiento por la Ley es liberador, porque asumir la pérdida (de la omnipotencia) es no seguir temiéndola. Pensar que todo no se puede permite valorar lo que se tiene, resultando en una satisfacción más consistente y duradera, bien que “limitada”.

 

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