La duquesa (2008), Saul Dibb

La duquesa (2008), Saul Dibb

FANTASÍA INFANTIL Y FALTA DE LÍMITES

 

 

G. desea que sus sueños se realicen, como todo niño, sin que medie límite alguno en su juicio, a la hora de poner el deseo en relación con la realidad. Es como una niña ignorante, a la que nadie le ha explicado que todo no se puede (o que le marido perfecto no existe, en su caso).

 

 

Georgiana, o G., como la llama su madre, se casa con un hombre al que apenas conoce, pero del que le atrae su muy elevada posición. Su madre le vende la idea, y ella la cree cuando le dice que con ese hombre será feliz. Pronto descubre que no va a ser así. No se siente amada como ella habría deseado, él no es el hombre que ella esperaba. El brillo cegador de sus fantasías infantiles de matrimonio se ha apagado, ahora es la realidad la que se le impone.

 

La pregunta que quiero responder en las líneas que siguen es por qué G. se ha casado con ese hombre, dado el drama, o quizá habría que decir la tragedia, más propiamente, a que dará lugar esa decisión, sobre la que girará toda esta historia. Uno estaría tentado de responder, sin más, que no hay ningún misterio en el asunto. A fin de cuentas, los matrimonios “arreglados” han existido siempre, por razones prácticas. El amor y las razones del corazón no se consideran relevantes en la cuestión, por lo que, de nuevo, todo es de lo más simple y fácil de entender, y de aceptar. Son arreglos útiles. Éste lo era, desde luego. Para todos los implicados. 

 

Lo que me parece especialmente interesante aquí es que la propia G. estaba claramente de acuerdo con ese arreglo. Ese era, en una palabra, su deseo. No era entonces un arreglo de los de toda la vida, ¿no? Pienso que si ambos escenarios pueden coexistir, si un arreglo puede ser también algo deseado, merece la pena meditar un poco sobre los conceptos de “arreglo” y de “deseo”. Por lo menos en lo que respecta a este caso.

 

Si por arreglo entendemos algo que no es deseado por el (“principal") interesado, sino más bien por terceras partes, como los padres, veremos que, en este caso, el concepto no explica exactamente lo que ocurre. Porque como he comentado también interviene el deseo de la mujer a la que se le arregla el matrimonio. Éste no es, pues, unos de esos matrimonios arreglados. Aquí, en lo fundamental, la cuestión gira más bien en torno a la realización del deseo de una mujer, y a como ese deseo se materializa en una forma inesperada, no (del todo) igual a la deseada.

 

Yo me pregunto, entonces, qué desearía G. realmente, aparte, como es obvio, del marido perfecto, o sea, uno que la quisiese y que además fuera rico y poderoso (el más poderoso, a poder ser).  Y guapo, también, como Ralph Fiennes. Aparte, esto es, de la realización de sus sueños más infantiles. ¿Pero acaso no estamos hablando, precisamente, de esto? ¿Puede un adulto pensar que algo así es posible, realmente?, ¿si, como en este caso, como esta mujer, no conoce realmente al otro, y no tiene razones para pensar que la realidad se parecerá a sus deseos? 

 

G. desea que sus sueños se realicen, como todo niño, sin que medie límite alguno en su juicio, a la hora de poner el deseo en relación con la realidad. Para ella, uno y otro son lo mismo, por así decirlo. Es como una niña ignorante, a la que nadie le ha explicado que todo no se puede. Éste me parece el asunto de la película, aunque dudo mucho que sus autores piensen como yo. 

 

Tengo la impresión de todo está elaborado en ella como discurso feminista, en el que la idea de que todos tenemos parte de responsabilidad en lo que nos pasa no se contempla. Se pone el acento, claramente, en el tema de la desigualdad de género, de modo que la explicación de todo lo le ocurre a G. es que es el producto de esa desigualdad, la que hay entre los hombres y las mujeres, por la que ella no tendría realmente opciones, mientras que él sí, pues para ella decidir equivale a pagar un precio incomparablemente mayor que él.

 

No pretendo poner en duda algunas de las cosas que cuenta esta película. Es obvio que esa desigualdad de la que se habla existía, y existe hoy desde cierta óptica. Las feministas tienen razón, en esto. Más bien me gustaría poner el acento en las consecuencias que tiene ese aspecto tan destacado de la personalidad de G., esto es, su ignorancia, en su desgracia. En como la visión de la vida que tiene es tan determinante en ello como lo pueda ser aquella desigualdad. Si no más. 

 

A la realidad uno se adapta, sea esta la que sea, normalmente. La desigualdad no es el problema detrás de la gran insatisfacción de G., en mi opinión, ya que, tal como lo cuenta la película, ese es el mundo en el que todos sus contemporáneos viven. Las mujeres, con su lugar, y los hombres, con el suyo. Ambos claramente (y rígidamente) definidos. El mundo real. En ese mundo, no todas las mujeres son infelices, como es obvio. Creo que sería absurdo pensar otra cosa. 

 

Es que la realidad (la cultura, en términos freudianos) impone límites a la satisfacción de los individuos, ya desde el momento de su nacimiento, prácticamente. Nacer es pasar frío y privaciones, lo cual se aprende rápido. Es posible, eso sí, que esto se aprenda mal. Que algunos no entiendan que hay límites, reglas, de cuya ignorancia y falta de aceptación provienen las mayores frustraciones y angustias. Pienso que la duquesa interpretada por Keira Knightley sufre precisamente de este tipo de angustia. Es lo que en psicoanálisis conocemos como “angustia de castración”, que tiene que ver con la idea de que todo no es posible, por un lado, y de que a uno se le priva de lo que más quiere, por otro. Son maneras de referirse a lo mismo, en realidad, porque aquello que uno más quiere es aquello a lo que, en casos como éste, uno no está dispuesto a renunciar. Es, en otras palabras, la negativa a aceptar que todo no se puede, porque lo concreto se identifica con el todo.

 

A G. le pasa esto. Acepta casarse porque no quiere renunciar a la fantasía infantil de que todo es posible, en el fondo. Para ella casarse es la realización de esa fantasía, en la que tendrá al más perfecto de los maridos. Pero G. no conoce a su futuro marido. Esta sería razón suficiente para rechazarle, si pensara como una adulta con límites. Con los pies en la tierra, para entendernos. Dado que hablamos de una época en la que eran normales los matrimonios concertados, es posible que ella no hubiera podido decidirlo, esto es cierto. Pero esa es, de nuevo, la realidad en la que vive. Pareciera, sin embargo, que ella estuviera viviendo otra realidad, en la que no hubiera que tener en cuenta que los matrimonios funcionaran así, donde el amor no fuera un factor. De poder ver las cosas correctamente, es decir, de acuerdo con unos límites, seguramente habría encarado su vida de otro modo, sin esas expectativas infantiles, ilimitadas, y por tanto sin esa angustia debida a la aparición de la castración, de la “Ley del Padre”, otro concepto psicoanalítico para referirse a los límites. Enseñarle esto le correspondía, lógicamente, a sus padres.

 

Esta es una película que habla de la dificultad de vivir sin Ley, sin límites, incorrectamente atravesados por la castración. En un mundo sin esos límites, nada es suficiente, y toda pérdida se vive con angustia. El problema es que se pierde en su discurso feminista. El feminismo confunde falta de límites con igualdad, en mi opinión. Si todo no es posible, no hay igualdad, parece defender. Pero todos aprendemos que los límites son importantes, de niños. Que no se puede jugar a pegar a mamá o a papá demasiado fuerte, o les hacemos daño. Que hay cosas que son incorrectas y esto hay que aceptarlo. Si G. hubiera podido entender esto, seguramente habría sido más feliz. "No pienses que un hombre te va a amar sólo porque tú lo desees”, habría debido decirle su mamá, y cuánto sufrimiento le habría ahorrado.

 

0
Feed
© 2024 Cine al Diván Todos los derechos reservados
Producido por BeeDIGITAL