Kafka (1991), Steven Soderbergh

Kafka (1991), Steven Soderbergh

LA AÑORANZA DEL PADRE

 

 

El padre es el representante simbólico de la ley. Su aparición como corte entre la madre y el hijo introduce para el hijo la idea del límite, sinónimo de ley. La falta de ley lo sume todo en el caos.

 

 

Kafka desea saber qué ha sido de su amigo desaparecido. Las autoridades le informan de que se ha suicidado, pero él no se lo cree, y no lo acepta. Quiere descubrir la verdad. Su verdad.

En su búsqueda, repleta de revelaciones inesperadas, sobre su amigo y sobre el mundo, se le aparece siempre en el horizonte la silueta del Castillo, que lo domina todo, elevado sobre la ciudad. A él conducen todas las preguntas.

Nadie tiene acceso al castillo, salvo los que son convocados por él. Kafka se cuela clandestinamente, y allí encuentra la verdad que buscaba. Hay una conspiración.

 

Una idea parece dominar esta historia, libremente basada en lo que rodea la figura del escritor Franz Kafka, si nos proponemos una primera aproximación en busca de sentido. Es la idea de la pérdida.

 

El protagonista, el propio escritor, ha perdido al que descubrimos como su único amigo. El personaje de Kafka es un solitario. No sólo se muestra poco inclinado a mantener relaciones sociales, tampoco parece tener especial interés en encontrar pareja o simplemente a alguien con quien divertirse. Estuvo comprometido, pero disolvió su relación con una mujer que aún parece esperarle. La relación con sus padres también es distante. Está claramente molesto con su padre, al que le une sin embargo una relación marcadamente ambivalente. Su padre es, como el ominoso castillo, una sombra siempre presente. Es como si en él empezara y acabara todo. Éste sería, en mi opinión, el otro tema, la idea latente en torno a la cual estaría construida realmente esta historia. El padre. 

 

Pero vayamos por partes, para explorar las posibilidades interpretativas de esta película ¿Qué representaría, figuradamente, aquel amigo para Kafka? Y, ¿por qué sería tan importante para él encontrar una respuesta alternativa que explicara su desaparición?

Al ser una de sus pocas relaciones, quizá la única cultivada, se entiende su importancia. Pero, ¿tanta? Quiero decir, ¿tanta como para mover cielo y tierra? No es que se pueda medir el valor de una amistad, concepto y magnitud subjetivos donde los haya. Pero, insisto, Kafka está dispuesto a todo, por él, o para conseguir sus fines, según se mire. Es más, no va a dejar que nada ni nadie se lo impidan. Y, ¿por qué se preocuparía por alguien un tipo que, tal como nos lo describen, es esencialmente asocial?

Será más fácil entenderle teniendo en cuenta otro factor. Está implícito en la segunda pregunta, me refiero al de la ley, o al de su no aceptación por Kafka. Éste, efectivamente, no da crédito a la verdad legal. La ley, para él, no es creíble, o sea, no es ley. Por eso no la considera un limite a su deseo de saber. El deseo (de saber) sin límites, y no sus sentimientos hacia el amigo, sería el motor de su comportamiento.

 

La ley que es despreciada por Kafka basa sus efectos subjetivos sobre las personas en la relación que éstas mantienen con la otra ley, la Ley del Padre, la primaria fuente de autoridad según el psicoanálisis. Si las personas reconocen esta Ley, reconocerán también la primera. Kafka parece ser un ejemplo de lo contrario, de su no reconocimiento.

 

En una de sus cartas, Kafka duda de la relación que le une a su padre. ¿Le quiere?, ¿no le quiere? ¿Le reconoce como modelo (legal), o no?. Es que el padre es el representante simbólico de la ley. Su aparición como corte entre la madre y el hijo introduce para el hijo la idea del límite, sinónimo de ley. El padre de Kafka es una presencia borrosa, un fantasma más que algo concreto. No sólo en lo más evidente, pues Kafka duda de él, como se ve cuando le escribe, sino en lo simbólico, como función. La función paterna es justamente lo que transmite al hijo la idea del orden de las cosas. La aceptación de ese orden no es, por tanto, un acto innato, sino algo aprendido. 

El empeño de Kafka en saber es paralelo quizá a su empeño en dirigirse a su padre por medio de sus cartas. Es la búsqueda de la omnisciencia, por un lado, pues ´él no acepta límites a su deseo de saber. Se cuela en el Castillo, como veíamos, como un niño que quisiera saber lo que ocurría tras la puerta cerrada de la habitación de sus padres, y abriera la puerta sin permiso. Lo que este niño vería sería probablemente que su madre le “engañaba” con otro, si tenemos en cuenta el “triángulo amoroso” descrito en el Complejo de Edipo. En consonancia con esta idea, lo que Kafka descubre en el castillo es que hay una conspiración secreta contra el mundo (o sea, contra él). 

Por otro lado, la relación epistolar con el padre representa la búsqueda del límite, mediante la apelación a la palabra del padre. Kafka convoca la actuación de la función paterna, de la prohibición entendida como ese límite que coloca a cada uno en su lugar. “Padre”, “madre”, “hijo”, son palabras que definen unas posiciones e, implícitamente, unas reglas de comportamiento. El Nombre del Padre es un concepto psicoanalítico que se refiere a la importancia de las palabras como portadoras de sentido y de orden. Concretamente habla del apellido paterno, ese nombre que se interpone entre el nombre propio del hijo y el apellido de la madre, que simbólicamente representa la separación de ambos. Es el germen de todo orden.

 

Se mantiene abierta la pregunta: ¿qué representa su amigo para Kafka? Ahora tenemos más datos para responderla. Éste, como aquella madre de la infancia, le engañaba, mantenía una doble vida, de la que Kafka estaba excluido. El aprendizaje de que no lo es todo para la madre, de que tiene un rival, el padre, con el que la debe compartir, rival que ocupa un lugar prohibido para él, se convierte para el hijo en la más importante de las enseñanzas que recibirá de sus padres. Es la base de su sentido del orden de las cosas, la base de su posicionamiento como persona y de su capacidad para vivir en la cultura (la sociedad) humana. Es así como aprende que cada uno tiene su lugar, y que todos están sujetos a relacionarse atendiendo a unas reglas.

 

El empeño de Kafka en saber, su desafío a la autoridad con tal de conseguir lo que quiere, parecen más relacionados con la naturaleza de su deseo sin límites que con la búsqueda de la verdad, como decía arriba. Lo que aparentemente pretendía, esto es, hacer justicia por su amigo, se revela, en una lectura de lo inconsciente, como la reacción a la pérdida del objeto incestuoso, la madre, representada aquí figuradamente por el amigo. El Tabú del Incesto es la primera ley, sinónimo de corte o de límite, tal como vengo empleando dichos términos en estas líneas. La ley, que dicta sentencia y dice como son las cosas, no es impedimento para Kafka en su búsqueda de satisfacción de saber (en la mente del niño saber y tener son lo mismo). 

El padre no se ha establecido como corte en su mente, Kafka no ha sido atravesado por la Ley, en términos psicoanalíticos. Nada le impide, internamente, perseguir la unión con la madre. Nada, salvo las siempre añoradas palabras del padre. No en vano, ese color que aparece en la textura de la imagen cuando Kafka entra en el castillo, como dando un sentido nuevo a las cosas,  simbólicamente, desaparece automáticamente cuando lo abandona y regresa a su realidad cotidiana. Es inevitable pensar que su búsqueda (del padre como límite) ha fracasado, y Kafka está condenado a seguir viviendo en el exceso. Un exceso que él vive como abuso de autoridad, y nosotros, en la identificación con él, también, pero que en verdad no es otra cosa que falta de ley, de la que todos son partícipes (nadie tiene límites), incluido el propio Kafka, y que lo sume todo en el caos.

 

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