Joe Pickett (2021), Drew Dowdle

Joe Pickett (2021), Drew Dowdle

APRENDER A DEFENDERSE

 

 

A un niño se le enseña de pequeño a golpear con menos fuerza. En ese gesto de control se hallaría una forma de prevención contra el uso de la violencia como modo de relación.

A Joe no le habían enseñado que la violencia era intolerable. Este aprendizaje es importante porque determina una respuesta de evitación de la violencia.

 

 

En un Western, como en todas las películas de acción, definición amplia en la que podrían caber, en mi opinión, los thrillers, policíacos o las películas de aventuras, entre otras, se da la máxima importancia a la capacidad de los personajes para defenderse, sea como sea, con la violencia si hiciera falta (no necesariamente física). Lo último suele estar, de hecho, entre las cosas que más llaman la atención del público en todo este grupo de géneros. En esta serie sobre un guarda de caza y pesca también puede ser así.

 

En la forma, dicha historia es un nuevo Western moderno, al estilo de Justified. La diferencia más sustancial entre ambas series está en el interés de Joe Pickett por profundizar en los conflictos internos de los personajes o, más en general, por desarrollar su psicología. En este sentido, lo que más me ha llamado la atención es lo que adelantaba en las primeras líneas, el destacado lugar que ocupa el tema de la defensa personal. No sólo como reclamo, quiero decir, también como materia de reflexión.

 

La historia gira en torno a Joe Pickett, un hombre que se crió en un hogar muy complicado. Su padre era un hombre violento, que se relacionaba con su familia por medio del abuso. Esa era la única forma de “intercambio” que conoció su hijo con él, o al menos la principal. Para un niño educado en la violencia y el abuso, es natural pensar en la autodefensa en términos de enfrentamiento. Pensar en el intercambio de golpes, en algo físico, más que psíquico.

 

Este funcionario de la ley le cuenta un día a su hija que de pequeño se inventó con su hermano un plan de defensa. Le quiere transmitir el mensaje de que ella debería poder elaborar su propio plan para defenderse de posibles agresiones de aquel género. Le preocupa principalmente ese tipo de problemas, como es lógico, dada su historia. La hija sabe que su padre se relaciona con la violencia cotidianamente, lo ha descubierto pronto, por eso es adecuado que éste le hable de esa violencia. Los niños perciben las cosas de su entorno, aunque no las entiendan, y justamente por esto es bueno hablarles de ellas y aportarles algo de conocimiento, de acuerdo con la edad que tengan en su momento. Si no, las interpretarán muy parcialmente. Y esto a veces les generará problemas serios (que les podrán marcar de por vida con carencias). 

 

Joe se encuentra continuamente en situaciones violentas, peligrosas, donde está en riesgo su integridad física. Uno pensaría que son los gajes de su oficio, dado que tiene un trabajo con ese tipo de implicaciones. Vemos, sin embargo, que él se pone en peligro innecesariamente, esto es, no tanto por obligación como impulsivamente. Su trabajo requeriría de cabeza, o sea, de orden y sistema. Como cualquier trabajo. En el suyo, concretamente, para poder hacerlo con éxito, debería exponerse sólo a los peligros que pudiera manejar. Es de lógica, porque si no los pudiera manejar no podría ser útil en su función. Pero Joe actúa compulsivamente, sin pensar, como obedeciendo a razones que no entendemos, de las que él no parece tener noticias tampoco. Como le dice su mujer, haciéndole una interpretación de lo inconsciente, en términos psicoanalíticos: pareciera que estaba intentando suicidarse. Aquí no me interesa tanto pensar esta interpretación como apuntarla para introducir dos ideas. La primera, que en lo inconsciente se encuentran las claves para entender la forma de pensar, o de actuar, de este personaje. La segunda, que, mirado desde cierto ángulo, la violencia puede ser tan innecesaria como ponerse en peligro, pero se recurre a ella por razones quizá igualmente ocultas en ese inconsciente.

 

Los niños, como decía, perciben lo que ocurre a su alrededor. Especialmente todo lo que tiene que ver con sus padres, a los cuales no les quitan ojo, por así decirlo. La hija de Joe, Sheridan, conoce la violencia que rodea a su padre, y seguramente sabe también de otras cosas que le pasan, quizá de naturaleza más psíquica. Estas también tienen efectos visibles en él, Sheridan las puede percibir como algo manifiesto en su actitud. Incluso aunque él no lo haga. No las entenderá, tal como decía arriba, pero las ve. Él, quizá no. Es que los adultos pueden “reprimir” ciertos conocimientos, o percepciones, y los niños aún no lo hacen (tanto) como ellos. La represión ocurre sin que se tenga noticia de ella. Es un proceso inconsciente, determinado por la necesidad de protegerse. Los niños también se protegen así, pero no tanto como los adultos (aprenderán con los años). Son, en este sentido, más perceptivos que ellos.

 

Así pues, Joe no sería consciente de estar experimentando ciertas cosas, que sin embargo sí le estarían pasando. Habría que indagar en su infancia para entender esta forma de procesamiento. De pequeño, al no poder manejar ese tipo de cosas, como la violencia, o todo lo que es excesivo, las habría reprimido, haciendo como si, a todos los efectos, no hubieran ocurrido. Los adultos suelen mostrar las mismas dificultades que los niños que fueron, si una educación adecuada no las solucionó. Dificultades que normalmente giran en torno a la relación con el otro. Es que todos los problemas tienen que ver con esta relación, pues es la aparición del otro lo que da a conocer los límites, lo que enseña, en otras palabras, que hay mucho que aprender. 

Para Joe el otro era, en una medida mayor de lo habitual, alguien con quien había que enfrentarse. De ahí el desarrollo de la capacidad para protegerse de los golpes y devolverlos. En el orden psíquico sus defensas no se habían podido desarrollar al mismo nivel. Eran malas defensas, infantiles, en realidad. Defensas como la represión. Ésta no tiene un mecanismo sofisticado. Básicamente desplaza las cosas que molestan de la consciencia. Es un mecanismo de huída, más que de afrontamiento, por decirlo de algún modo. Huir sirve para dejar de sufrir, pero impide la posibilidad de manejar la causa de sufrimiento, para eliminarla. Es que, como decía, ya no está ahí, en la consciencia, para ser manejada. Está en lo inconsciente. Es por la actuación de este proceso, y por la ausencia de procesos alternativos, que Joe había perdido la capacidad de manejar las consecuencias de toda la violencia física que sufría (y sufre en el presente). La represión se convierte en un problema cuando actúa en sustitución de otros mecanismos más evolucionados, que podrían convertirse en defensas complementarias más sutiles.

 

De pequeño, a Joe le defendieron de las agresiones intentando parar los golpes, o en el mejor de los casos intentando alejarle de ellos, haciéndole huir. Así es como él entenderá después la autodefensa, y así se lo intenta transmitir a su hija, como comentaba arriba. Esa defensa, la de su madre, aunque sí le ayudó, en el sentido de que por eso ahora se puede defender del mismo modo, se puede decir que era un mecanismo tan pobre como el de la represión. Como éste, sólo resolvía parte del problema. En este caso, dejando poco margen de seguridad en relación con la violencia. Es más difícil combatir la violencia una vez que ha estallado, que hacerlo si no lo ha hecho, evitando que se encienda la mecha, por así decirlo. Parar los golpes no evita que estos lleguen, huir de ellos tampoco. Evitar ese escenario de violencia, sí. Me parece interesante, por tanto, ser capaz de crear otro escenario, donde la violencia esté limitada, donde, por la intervención de la Ley (esto es, de los límites), no haya oxígeno para que la mecha pueda prender. 

A un niño, por poner un ejemplo que puede aclarar lo que digo, se le enseña de pequeño, en torno a los dos años, a golpear con menos fuerza. En ese gesto de control (de “interdicción paterna”, como la llama el psicoanálisis), se hallaría una forma de prevención contra el uso de la violencia como modo de relación. 

Otro ejemplo, del cual hablo en una de mis reseñas (Desaparecida, 1988): Una pareja viaja en coche, y el hombre deja tirada a su novia en un túnel, en la oscuridad total, tras una discusión, para regresar a por ella unos largos minutos después. Si esa mujer hubiera podido poner ahí un límite al hombre, es decir, si hubiera podido pensar que esa agresión era excesiva y por tanto intolerable, seguramente se habría ahorrado agresiones por venir. 

El valor de los límites reside en que se introduce un espacio de separación con el otro, una barrera. Esto también tiene un precio. Equivale a decir que todo no se puede, para el que los pone tampoco, lo cual puede disuadir de ponerlos. Es lógico pensar, por tanto, que si no existiera una educación en los límites, estos no se pondrían naturalmente.

 

A Joe no le habían enseñado que la violencia era intolerable. Este aprendizaje es importante porque determina, ya a priori, una respuesta de evitación de la violencia. Uno, simplemente, no sabrá relacionarse por medio de ella. Aprenderá a hacerlo de otro modo, basado en otro tipo de intercambio, como el de la palabra, en mi opinión más interesante porque es más seguro (de esto se trata, al final, de protegerse). La vía de la palabra es la vía de la comunicación de sentido. Decir “no” enseña lo que está prohibido, lo que es inaceptable. Pero también lo que está permitido, esto es, todo aquello que esté dentro de los límites. “No” es una palabra que facilita el intercambio, paradójicamente. Es una palabra liberadora, que expande las posibilidades comunicativas y hace posibles las relaciones.

 

Poder hablar (y actuar) de este modo, con limites, sin miedo al exceso y al castigo, facilita también la expresión de los sentimientos. Explico a qué me refiero con otro ejemplo: Una niña a la que conozco me contaba que un compañero de clase con el que jugaba la estaba molestando. Ella le había dicho que lo que él le estaba haciendo no le gustaba, pero él seguía haciéndolo igualmente. Finalmente ella se marchó a jugar a otro lado. Éste es un caso claro de capacidad comunicativa y expresiva y de comprensión de los límites. Esta niña manejaba la comunicación a varios niveles, con el otro y consigo misma. Al otro podía decirle lo que pensaba y podía ponerle un límite. Y era capaz de entenderse a sí misma, siendo consciente de sus propios sentimientos y pudiendo exteriorizarlos. Además, visto el resultado, es evidente que también podía defenderse. Ella simplemente entendía que no debía ser agredida, por lo que lo evitaba poniendo sus límites o tomando otras medidas, como el alejamiento, y no se defendía ni se relacionaba por medio de la violencia, sino de las palabras. Un ejemplo de lo opuesto sería éste, relatado por un paciente en mi consulta: Un hombre está en la cola de un peaje, y un coche se le cuela cuando la cola se mueve. Este hombre, experto en artes marciales, no está dispuesto a dejarse agredir por nadie, así que se baja del coche y se enfrenta al agresor físicamente, provocando una pelea. Es decir, él no es capaz de defenderse sino físicamente, al contrario que la niña, que, ya fuera por su capacidad para lidiar con sus propios sentimientos y pensamientos de otro modo, reconociéndolos y poniéndolos en palabras, o por el recurso a pensar otra forma de actuación, había podido defenderse mejor, esto es, sin ponerse en peligro innecesariamente. ¿Era tan importante conservar una posición en aquella cola? ¿Merecía aquella agresión sufrida la respuesta que le dio el luchador? Seguramente no, pero para él, como para Joe, toda autodefensa debía de jugarse en el plano físico.

 

¿Por qué, por contra, puede resultar interesante relacionarse por medio de la violencia? Al  público le gusta ver esa violencia en el cine, como señalaba al principio. Hay un deseo de violencia, pues. ¿Cuál es su sentido? Es un tema que quizá dé para otro pequeño ensayo fílmico, en otro momento. 

 

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