Friday Night Lights (2006), Peter Berg

LOS PADRES PERFECTOS

 

 

Los protagonistas son los padres que querríamos tener, porque representan idealmente la función paterna y la naturaleza materna.

 

 

En una pequeña localidad norteamericana el football es motivo de orgullo y el principal interés de todos los lugareños. Claro, el equipo del instituto es muy exitoso, el vehículo perfecto para el culto del famoso espíritu competitivo norteamericano, la cultura del éxito. Esta serie nos cuenta la historia de ese equipo, el día a día de los entrenamientos y partidos semanales, centrándose en las experiencias particulares de algunos de los componentes del equipo y de su entrenador, dentro y fuera del ámbito estrictamente deportivo. Hasta aquí, nada nuevo. Típico y tópico, incluso, en su planteamiento general.

 

¿Por qué, entonces, podría interesarnos esta historia a los que no somos ni norteamericanos ni aficionados, por tanto, a su deporte estrella? Pues por todo, en general, menos, quizá, por su premisa genérica. Porque todo lo que efectivamente se nos muestra es interesante. Se nos hace ver de un modo interesante. Hasta, diría, el mismo deporte en sí.

 

El retrato de personajes es de una precisión y profundidad notables, todos los actores, como suele ser habitual en las series americanas con un cierto nivel de ambición artística, están perfectos en sus papeles. Quiero decir que, aquí, artísticamente, lo que más destaca es el drama, o sea, el planteamiento de conflictos psicológicos y su desarrollo de acuerdo con ese planteamiento, nunca en contra del mismo, en base al capricho, la arbitrariedad o la falta de ideas. Dicho de otro modo, ese desarrollo nunca resulta forzado, torpe o, en una palabra, insatisfactorio.

 

Mención especial merecen los dos personajes que se pueden considerar centrales, el entrenador y su mujer, la orientadora escolar. Gloriosos Kyle Chandler y Connie Britton. ¡Qué manera de representar unos papeles, de meterse en ellos, tan apasionada! Todo gira, efectivamente, en torno a ellos, quizá porque uno querría, realmente, que estuvieran siempre presentes en pantalla, o volver siempre a ellos después de haberse ido de paseo por ahí con los demás. 

 

Son, de verdad, el padre y la madre perfectos. Son ideales, qué duda cabe. No lo digo en el sentido de que no puedan existir, sino en el de que son los padres que querríamos tener, porque representan la función paterna y la naturaleza materna. La primera es el límite, la Ley, que regula las relaciones, transmitiendo qué es correcto y qué no. O, dicho en pocas palabras, que todo no es posible. La segunda es el cuidado del otro, el interés por dar lo que es necesario y lo que es deseado también, en su justa medida, con el contrapunto de esos límites, obviamente, o sea, cuando está correctamente atravesada por la Ley, en términos psicoanalíticos.

 

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