Freaks (2018), Zach Lipovsky

Freaks (2018), Zach Lipovsky

OMNIPOTENCIA INFANTIL

 

 

La falta de unos límites justos, o sea, legales, genera omnipotencia. Porque entonces, todo vale, todo es posible.

 

 

Una niña de siete años vive recluida en casa con su padre. Éste no la deja salir de casa, porque fuera hay peligro de muerte, la gente mala podría matarla. Mientras tanto, la niña debe prepararse para algo, quizá para la posible falta de su padre, que quizá muera pronto. 

 

Dos cosas llaman la atención en este escenario, que es el que nos va a tener más o menos entretenidos durante la primera mitad de la película. Tenemos a este padre obsesivo, misterioso, que pretende mantener un cierto precario estado de cosas a toda costa, a saber, que su hija no salga de casa. Y está la niña que pretende tener una vida propia, o sea, crecer e independizarse, gradualmente, y que a falta de libertad espera, que menos, que le hablen, que le cuenten algo que no sea vago, para justificar mínimamente su reclusión. Porque, ¿qué podría justificar la total sumisión al otro, por muy padre que éste fuera? Nada, claro, de ahí la vaguedad.

 

Esta es la historia, en pocas palabras, de una obsesión, la de un padre “loco”, que no quiere que su hija tenga una vida propia. Todo lo demás, o sea, la trama persecutoria, es ruido, cuyo objetivo es distraer a la niña (lo mismo que al espectador), que no es tonta, por otro lado, de la incoherencia de un planteamiento (paterno) enfermizo.

 

Toda la impresionante competencia técnica, porque la verdad es que la película luce muy bien, y las simpáticas referencias al cómic de superhéroes (los mutantes de la Marvel de los ochenta) que dan forma a esta historia, están puestas al servicio de la idea de que la falta de límites da lugar a la omnipotencia infantil. Este padre que nos es presentado superficialmente como un obsesivo o un paranoico, es en el fondo un padre sin ley, o, como diríamos en psicoanálisis, no atravesado por la castración o por la interdicción paterna. Un padre que se inventa una realidad a su gusto, que no puede realmente pensar en el otro, en su hija, pues para pensar debería tener ese referente legal. Él no piensa, delira.

 

Como resultado de su locura, la hija se ha convertido en un monstruito que puede hacer básicamente lo que la da la gana (como él), de tanto poder que tiene. Y lo hace. Porque esa falta de límites justos, o sea, legales, genera omnipotencia. Porque todo vale. 

 

Yo, si fuera el padre de esta criatura, estaría acojonado, vamos.

 

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