Foyle’s war (2002), Anthony Horowitz

Foyle’s war (2002), Anthony Horowitz

EL EDIPO Y LA AUSENCIA DE LA LEY

 

 

Nadie le explicó a este hijo que todos los niños se enamoran de sus madres, es decir, las aman, y eso es normal, no un crimen. Y que ser su preferido no es culpa suya. Quizá porque su padre, tan reprimido, tan ignorante de sus propios (y normales) sentimientos infantiles, debía de estar igualmente confundido.

 

 

Un soldado, durante la guerra, ha trabajado como espía para su país, infiltrándose en el enemigo como simpatizante. Ahora es acusado de ser un colaboracionista de ese enemigo, por falta de la información que le exculparía. Se le juzga y es sentenciado a la horca. 

Durante el proceso el soldado se niega a defenderse. Secretamente desea castigar a su padre con su inmolación.

 

Cuando era niño, presenció como su padre mataba a su madre, y como éste encubría el acto haciéndolo pasar por accidente, muy probablemente confabulando con las autoridades.

 

El padre, un noble de antigua raigambre, no permitió que su madre le abandonara cuando estaba decidida a hacerlo, aún al precio de matarla, porque en su familia “nadie se había divorciado nunca”. 

 

Al confesar su crimen a Foyle, vemos al padre sentado en su sofá como si de un niño perdido y a la vez orgulloso se tratara. Se puede percibir en ese momento que algo largamente reprimido ha salido a la luz. La impotencia, quizás, de no ser capaz de expresar unos sentimientos. O la de no saber (o no poder) relacionarse con el otro, justamente a causa de esa incapacidad. Y claro, la frustración por su aislamiento. Aislamiento en el que también ha vivido su hijo.

 

La intervención de Foyle me parece crucial porque sirve para ofrecer al soldado “condenado” una vía de comunicación, más incluso que porque revele la verdad. Ejerce como representante de la Ley del Padre, esto es, de la función paterna, en términos psicoanalíticos. Es que la condena del soldado era interna, antes que externa. Era el vivir recluido en sí mismo, en la prisión construida por su culpa. Porque él era “culpable” de haber “deseado” a su madre, y quizá de haberla “matado”, castigo por su crimen. 

 

Su madre no quería a su padre, luego no había competencia, él era el ganador en la rivalidad paterno filial. El padre le declaró culpable de ello, y le “castigó” matando a su madre. Este sería el panorama imaginario, inconsciente, a los ojos del hijo. Éste crimen incestuoso, y el otro crimen, el real, cometido por su padre, son los que el hijo debía expiar. El último, porque el culpable real no sólo no asumió su culpa, sino que fue fraudulentamente absuelto de ella. El complejo de Edipo (mal resuelto) y la ausencia de ley (real y simbólica) son, como se ve, los peores compañeros de viaje, en la aventura de la vida.

 

Porque nadie le explicó a este hijo que todos los niños se enamoran de sus madres, es decir, las aman, y eso es normal, no un crimen. Y que ser el preferido no es culpa de nadie. Quizá porque su padre, tan reprimido, tan ignorante de sus propios (y normales) sentimientos infantiles, debía de estar igualmente confundido. 

 

Foyle, al dar la palabra al soldado, le había facilitado conectar con esos sentimientos (inconscientes) largamente censurados. Hasta entonces, el soldado había deseado expiar su culpa (igualmente inconsciente) inmolándose, pues había incorporado como propia la verdad inculpatoria del padre. 

Ser escuchado es lo mismo que tener una entidad, esto es, un lugar como individuo. Un padre sin límites no podría haberle escuchado, pues para él no existiría otra voz que la suya.

 

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