El viaje de Julia (1998), Gilles Mackinnon

El viaje de Julia (1998), Gilles Mackinnon

UN ADULTO A CARGO

 

 

Sólo el niño que tiene un adulto responsable a su cargo, marcándole límites, puede permitirse ser niño.

 

 

Julia huye del estilo de vida que tenía en su país, desea vivir en un mundo según sus propias reglas. Pero en Marruecos, ella y sus dos hijas pequeñas sobreviven realmente gracias al dinero que el padre de las niñas les manda mensualmente.

 

Se podría decir que esta familia vive en la pobreza, o cerca de ella. Pero no es el dinero, ni otros medios materiales, lo que más le falta. Es el orden. Las dos niñas, sobre todo la mayor, que ya tiene ocho años y empieza a desarrollar su propia conciencia, viven en un mundo caótico, donde igual se meten en la cama donde su madre folla con su pareja que la ven entrar en trance en una ceremonia religiosa. Sin que en ningún momento esa madre haga el gesto de separarlas de todo ello, de protegerlas de lo que a todas luces es un exceso (el mundo de los adultos, en este caso).

 

Es la mayor, como digo, la que vive todo esto con mayor angustia. Para la más pequeña el mundo es aún percibido desde una óptica infantil. Esto es, como una realidad “mágica”, donde todo es posible. Bea se está adentrando en el mundo “adulto”, entendiendo por tal un lugar de incipiente independencia, en el que las reglas empiezan a ser cruciales para manejarse. Sin esas reglas, ¿cómo tomar decisiones?, ¿cómo decidir, en pocas palabras, qué hacer en cada momento? 

 

“Reglas", “orden”, “Ley”, son términos que se refieren a los límites, el producto de la intervención de la función paterna, en términos psicoanalíticos. Los límites son los extremos que definen las cosas y que nos definen a nosotros mismos. Sin ellos, no tendríamos conciencia, no podríamos saber, ni podríamos comunicarnos con el otro, claro está, porque éste tampoco “existiría”. No habría, en una palabra, un “yo”, y por tanto tampoco un “otro”.

 

El efecto del comportamiento de Julia es muy visible en Bea, que de pura angustia ante la “locura” de su madre, o sea, ante su falta de límites, decide separarse de ella, para ir al colegio. Bea le pide a su madre que la deje ir al colegio, mientras ella vagabundea por ahí. ¡Qué curiosa postura, el querer meterse en el lugar de los límites por antonomasia! Todos entendemos que al colegio se va para educarse, por eso pocos deseamos realmente ir. 

 

Es que, para complicar lo que quiero decir un poco más, es evidente que de niños no deseamos que se nos impongan esos límites. Preferiríamos seguir viviendo en el mundo mágico infantil, el mundo de Nunca Jamás, el paraíso, lugares en los que no hay reglas, donde, por tanto, no crecemos, el mundo por el que Julia arrastra a estas niñas. Porque crecer es aprender que todo no es posible y que hay, efectivamente, reglas. 

 

¿Por qué razón desea Bea renunciar a lo infantil?, ¿a jugar a que todo es posible, como su hermana pequeña? ¿Y por qué esta última, en cambio, parece feliz en el caos (pues la ausencia de límites trae caos: sólo hay que visitar el Pais de las Maravillas de Alicia para verlo)? A fin de cuentas ambas niñas son hijas de la misma “loca”. ¿Por qué, entonces, lo viven tan opuestamente? Para entenderlo debemos fijarnos en la posición que ocupa cada una en ese caos familiar. 

 

Bea es la mayor, por ello hay momentos en que se ocupa de su hermana. Tiene más responsabilidad que ella, lógicamente, que como menor está liberada de toda obligación. Nadie se ocupa de Bea, dicho de otro modo, si suponemos que su madre está poco capacitada para ello. Bea está más expuesta por tanto a la “falta” de padres, al desamparo. La pequeña la tiene a ella, puede permitirse ser niña, disfrutar de esa inconsciencia tan gratificante que sólo será posible a condición de que haya alguien a su cargo, marcándole unos limites. 

 

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