El juego de Hollywood (1992), Robert Altman

El juego de Hollywood (1992), Robert Altman

EL JUEGO DEL CINE

 

 

La ventana que se interpone entre el protagonista (o nosotros) y una atractiva mujer, representa el límite, en términos psicoanalíticos. El límite es aquello que da vida al deseo y lo alimenta, y a la vez instaura el orden.

 

 

Ambición, envidia, celos. Ingredientes del juego de Hollywood. Alguien se apropia de la vida de otro, viéndola en la pantalla, para dejar volar su imaginación, esperando ser llevado a un lugar mágico (donde todo es posible)… el juego del cine. Es en cierto modo lo que hacemos nosotros, los espectadores, al ver una película. Queremos vivir una vida con todos los ingredientes comerciales: acción, sexo, suspense, crimen. Lo queremos todo, en definitiva. ¿Será porque nos falta algo?, ¿o quizá porque no queremos renunciar a nada? Como a esa mujer que “vemos” a través de una ventana, en su intimidad… la mujer de otro. 

 

La ventana, que se interpone entre el hombre (o nosotros) y la mujer, representa el límite, por decirlo en términos psicoanalíticos. Es aquello que da vida al deseo y lo alimenta. Éste es en mi opinión el verdadero asunto de la película, toda vez que el macguffin que da vuelo a la trama queda en segundo plano. Es la importancia del corte que separa a un individuo del otro. Es también la transgresión de los límites, la suplantación del otro para apropiarse de lo que es suyo o, en otras palabras, para tenerlo todo. El “otro” que podría ser el personaje con el que nos identificamos como espectadores y/o, según la teoría del Edipo freudiano, el padre, al que desearíamos eliminar, porque nos separara del objeto de deseo originario, nuestra madre. Pero nunca es tan sencillo.

 

El hijo, normalmente, también quiere ser como su padre. En parte para sustituirle, según lo dicho, pero también porque le admira y le toma como modelo. El padre es su ideal (Ideal del yo, en psicoanálisis), y desde este punto de vista es también la autoridad. Sólo a alguien que representara la autoridad le “permitiría” el hijo interponerse entre su madre y él, por así decir (para ser más exactos, ninguno, en esta dupla original, habría dejado que alguien modificara esa perfecta “relación”). 

 

En cuanto representante de la Ley, el padre sienta las bases del respeto por el orden, por los límites. De ello dependen dos cosas: que nazca el deseo (de poseer lo que no se tiene, lo que no es de uno), y que éste pueda ser vivido correctamente, esto es, en atención a esos límites. En la película, esta doble naturaleza es plasmada en el personaje del productor. La ventana que le separa de la mujer admirada es el límite a su deseo, la prueba de que dicho límite está presente en su mente. Es lo que da vida a su deseo, realmente. La culpa por su doble crimen es la prueba de que existe un condicionante “legal”, de que su comportamiento está regido por el orden. La transgresión sólo es posible si hay orden, en otras palabras. Pero también es el fallo del orden, defectuoso sometimiento a la Ley. Padre fallido.

 

El cine, en este sentido, sería un medio para realizar fantasías edípicas: el parricidio, o la eliminación del rival, y el incesto, la posesión del objeto deseado. La historia de este productor cinematográfico que se enamora de una mujer y mata a la pareja que se interpone ente ellos sería una vía identificatoria para realizar justamente estas fantasías (no importa que los hechos ocurran en otro orden, esto es secundario cuando de fantasías inconscientes se trata: en el inconsciente no hay orden).

 

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