Dare (2009), Adam Salky

Dare (2009), Adam Salky

 

LA FACHADA ADOLESCENTE 

 

 

En la adolescencia están el deseo de intimar, la torpeza para relacionarse, y finalmente los fracasos y el dolor por la culpa y por la pérdida. Su fachada, que esconde dudas, inseguridades y miedos, es un mal necesario, pues es a la vez barrera protectora y reclamo.

 

 

Alexa, Ben y Johnny son tres adolescentes típicos. Tienen una fachada, y por detrás, algo que esconder: dudas, inseguridades, miedos, provocados por todo aquello de lo que adolecen para ser adultos. Una adultez a la que, sin embargo, sus cuerpos les empujan inexorable e implacablemente. Alexa es una chica que hace lo que debe, estudiar, y sabe lo que quiere, ser actriz. Ben es su mejor amigo, un marginado que se agarra a su única amiga. Johnny es un chico popular, pasota y altivo. Estas son sus fachadas. Alexa descubre que no vale para actuar, porque no es capaz de dejarse llevar. Eso la empuja a intentarlo. Ben sale del armario cuando su amiga empieza a comportarse de otra forma y siente que se queda solo. Johnny muestra toda su fragilidad cuando Alexa y Ben se acercan a él íntimamente. Ninguno de los tres está preparado para manejar lo que ocurrirá en ese encuentro. Aún tienen que crecer.

 

La adolescencia es quizá la etapa más difícil del desarrollo humano, desde un punto de vista psicológico. Es por la mayor consciencia de sí mismo del adolescente (consciencia que está ausente en la infancia), unida a su ignorancia de un saber de la vida que llega en la adultez, y porque el cuerpo le hace demandas que no toleran demora, y lo hace sin piedad: no podría importarle menos su falta de preparación.

 

El adolescente es, básicamente, una mente bastante infantil en un cuerpo completamente adulto. Definición simplista donde las haya, cuyo valor residiría en poner de manifiesto los aspectos en que la adolescencia se juega, esto es, el desarrollo intelectual y fisiológico, y la particular relación de desigualdad en el mismo entre ambos. En esta desigualdad radica la dificultad, dado que por lo demás todas las etapas representan un avance difícil y doloroso. Para alcanzar el indispensable equilibrio para funcionar, el cuerpo ya adulto (del adolescente) determina que la mente se deba poner a su altura, y lo hace con una urgencia como nunca antes la vivió el individuo. La vida ya se había mostrado exigente con el niño desde su mismo nacimiento, pero a éste, en el fondo, se le permitió crecer a su ritmo, constante pero lentamente, por norma. El adolescente no tiene este privilegio, y debe realizar un imposible: él solo, casi un inválido ante una demanda excesiva, mientras no haya logrado el necesario ajuste psicofísico, se dirige a donde nadie (responsable) puede acompañarle: la sexualidad adulta.

 

Pues siempre hubo una sexualidad, pero en esta etapa sus reclamos son hiperexigentes. En un niño esa sexualidad puede equivaler al deseo de “estar” con alguien, mientras que en el adolescente hay un “imperativo” a tener una relación sexual, sea esto lo que sea: es una absoluta novedad, para la cual no existe verdadera preparación. ¿Por qué? Porque no es una mera cuestión operativa, que también. Es sobre todo la realización más cumplida, hasta la fecha, de la separación del hijo de los padres. La sustitución de la madre y el padre como ejes en su vida por un nuevo punto de referencia, aún endeble, en el mejor de los casos: su propio yo.

 

La fachada es un “mal” necesario, dado el crítico escenario adolescente. Es a la vez barrera protectora y reclamo. Es una protección del yo contra el superyó, que se proyecta en la mirada crítica del mundo externo, de los otros con los que interactúa el adolescente, contra los que éste siente que debe protegerse. Esa mirada crítica no es real (o no tan crítica), sin embargo, pues consiste antes que nada en un eco de la mirada del individuo sobre sí mismo, por así decirlo. Éste no puede evitar ser autocrítico, especialmente porque se ha puesto en marcha su sexualidad adulta, ligada siempre, en último término, al deseo incestuoso infantil. La Ley del Padre es lo único que se interpondrá entre el adolescente y su objeto de deseo originario, en esta etapa más “peligroso” que nunca, dado el plus de intensidad sexual ligado al nuevo cuerpo adulto y las demandas de las que ya he hablado. La presencia de esa Ley se manifestará en el sentido del orden del individuo, y en el relativo relajamiento operativo y moral que llega con él, pero también en la culpa debida al deseo incestuoso, siempre inconsciente éste, y siempre reacio a morir.

 

Esa Ley no siempre funciona como debe, no siempre el padre “está” en el correcto desempeño de su función (en lo cual la madre tiene mucho que decir: ver, para entender esto, mi reseña de Vivarium). Su presencia puede ser muy borrosa, en ocasiones, lo que suele conllevar un esfuerzo de compensación puesto en marcha, torpemente, por el propio adolescente. Esto suele dar lugar a una sobrecompensación nada beneficiosa, tremendamente, imposiblemente exigente. Es la cara menos amable del superyó, la Conciencia moral, voz terrible de la autoridad, realmente. Un buen padre se manifiesta primordialmente a través del Ideal del yo, la otra cara del superyó, su voz amable. A través de él se muestra como un guía atento y un maestro comprensivo. Un escenario adolescente dominado por el Ideal se parece más al de la infancia, en el sentido de que es más justo con el individuo, le permite actuar liberado en alguna medida de lo que le atenaza, el miedo (tan comprensible, visto lo visto) a crecer.

 

El adolescente es más reacio que el niño a hacer caso de los límites que se le marcan, de todos modos. Si fueron bien puestos, estos límites seguirán ahí, pero por alguna razón carecerán de la misma capacidad disuasoria, en esta etapa. Esto tiene que ver con el proceso de separación del que hablaba arriba. El hijo que entra en la adolescencia debe “separarse” de los padres para empezar a hacer su vida. Si todo va bien, el proceso de separación que aquí entra en una fase crítica tiene su inicio en un momento simbólico, en términos psicoanalíticos, anterior al nacimiento. Es que los padres, atravesados por la Ley, ya tienen en sus cabezas lo que hace falta para “cortar" con su propio hijo: el concepto de individualidad, en el cual el de límite, o de ley, está implícito. Cuidar de un hijo no requiere de estar pegados a él. La propia madre, que tan estrechamente estuvo vinculada con él, y lo seguirá estando prácticamente hasta que dé sus primeros pasos, deberá darle el espacio suficiente a su hijo para que su individualidad empiece a tomar forma. En la adolescencia se dan los “últimos” pasos en la construcción de esta individualidad. Tan es así que, en ese tiempo, obedecer las normas (de otros) es para el individuo casi como ir en contra del proceso. Pero como decía, no es que esas normas (la llamada Ley del Padre) no estén ahí. Unos padres correctamente atravesados por la Ley transmiten a su hijo esas normas, y éste, aunque a veces no lo parezca, las tiene en cuenta. Sólo que a su modo (un poco como cuando a un niño pequeño se le dice que coma y éste se toma un rato para obedecer).

 

Ser adolescente, por todo lo dicho, es muy difícil. Casi imposible. El niño, de repente, debe comportarse como un hombre, esto es, hacer su vida. No importa que siga viviendo en casa con sus padres, pues con su tiempo es él mismo quien debe organizarse. Porque si no, no aprenderá a ser adulto. Esto quiere decir que su mamá estará ocupándose de sus cosas, no de él, hasta la hora de la cena. Lo que ocurra antes y después, será cosa de él como individuo, para lo cual no sólo estará verde, sino además sobreexigido (por sí mismo): querrá hacerlo todo bien, pues así, idealmente, estará controlando su vida. Vana ilusión, pero importante que ocurra, de nuevo.

 

Su fachada, además de una protección, es un reclamo al mundo exterior. Dada su nueva situación de independencia, un tanto forzada (por el arreón del cuerpo adulto) y precaria (pues el individuo no sabe muy bien qué hacer con ella), el adolescente busca desesperadamente a otros con los cuales sustituir a sus padres. Para encontrarlos se adorna con una esa fachada falsa, esperando llamar la atención. Hay algo de necesidad, pues, pero también de deseo. El deseo incestuoso no ha muerto, sólo ha sido contenido y sublimado, o sea, dirigido a otros objetos, por fuera de la familia. Se entiende, dadas las grandes dificultades del proceso, que una parte de él prefiera volverse hacia dentro, o sea no crecer. Pero las condiciones para lo contrario también están ahí, especialmente cuando la educación, apuntalada en la Ley del Padre, haya hecho su trabajo, esto es, producir el corte que separa al hijo de la madre que todo lo daba.

 

En esta tesitura es donde están Alexa, Ben y Johnny. Lo que vemos es la consecuencia lógica de ser adolescentes. Están ahí el deseo que les mueve a intimar, la torpeza para relacionarse, y finalmente el fracaso y el dolor por la culpa y por la pérdida. Es que, como decía, lo incestuoso nunca muere y, especialmente en la adolescencia, el individuo siempre está imaginariamente próximo a su madre. La pérdida es muy dolorosa, en esta etapa, pues se suman el alejamiento de los padres y la incapacidad para conectar con los otros. No hay nada extraño en los finales adolescentes tristes, el fracaso es sólo lo que debe ocurrir, el error que da lugar al aprendizaje. Los padres siguen teniendo un lugar capital en la vida de un hijo adolescente: sin ellos (con la Ley como referente), es muy probable que ese aprendizaje no ocurra.

 

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