Daisy Jones & The Six (2023), Scott Neustadter

Daisy Jones & The Six (2023), Scott Neustadter

 

LA MÚSICA COMO OBJETO TRANSFERENCIAL

 

Billy y Daisy encontraron en la música al primer interdictor y al primer sustituto de sus excesivas madres. La música fue, para ellos, la salvación de la no existencia como sujetos.

 

Billy y Daisy son músicos que componen y cantan sus propias canciones. Ambos tienen talento, pero les falta algo para llegar a concretarlo. Cuando se conocen, por mediación de su productor, les cuesta relacionarse. Billy tiene su grupo y es el líder, Daisy es una extraña que viene a competir con él por su lugar, quizá. Pero empiezan una colaboración creativa de un carácter muy íntimo que les acerca y cambia la dinámica de su relación inevitablemente.

Billy está casado y tiene una hija pequeña. Su relación matrimonial es buena, pero a pesar de ello se enamora de Daisy. Daisy también se enamora de Billy, pero le parece que es mala idea tener una relación con él. No es un hombre equilibrado, y ella tampoco lo es. Daisy piensa que Billy estará mejor con su mujer, y ella con otra persona.

Billy creció admirando y despreciando a su padre a partes iguales. Éste le regaló su primera guitarra, la suya propia. También engañaba a su madre. Daisy fue una niña no deseada y abiertamente despreciada por su madre. Del padre nada sabemos.

Tanto Billy como Daisy son adictos. Billy cae en ello cuando se convierte en padre. Huye de la paternidad, quizá porque no quiere convertirse en su padre, literalmente. O sea, “ser” él, sustituirle. Eso sería lo mismo que “estar” con su madre, posición a la que probablemente le abocó la ausencia del padre y, claro está, la “disponibilidad” de la madre. Una madre no suficientemente atravesada por la interdicción paterna.

Daisy ha adoptado las drogas como escapatoria de su propia madre, que, como decía arriba, la ha despreciado abierta y también ilimitadamente. Era, ella también, una madre no interdicta, no castrada, para la que todo valía.

Estos dos personajes se consideran almas gemelas, ven en el otro a su igual. Éste es un modo de referirse a la fantasía infantil de completud, por la que el otro no es en realidad un “otro”, sino un componente de la dupla que remite a la fusión madre hijo original. Esta fantasía es la expresión del deseo de volver a ese mítico instante en que uno fue visto por su madre como lo más grande y perfecto. En que esta madre, al hacerlo, se veía perfecta a sí misma por tenerle a uno.

Luego está la música. Se podría decir que tanto Billy como Daisy viven por y para la música. ¿Por qué? No es sólo que quieran dedicarse a la música profesionalmente. Ni siquiera que la amen por encima de todo, o casi. Pienso que ante todo es que en ella encontraron a la vez al primer interdictor y al primer sustituto de sus excesivas madres. La música fue, para ellos, una salvación.

A la madre de Daisy la conocemos como una mujer egoísta y desinteresada del cuidado de su hija. Pero antes debió de desear a su hija de algún modo. Quizá ésta fuera su muñequita, si así se pueden interpretar las fotos que le manda a Daisy por correo. En psicoanálisis se conoce a este tipo de madre como “fálica”, en la medida que es una madre que ve a su hijo como “falo”, o sea, como una parte deseada de sí misma. El hijo es una “cosa”, en una palabra, que existe para estar a su servicio. Esta madre no ve a su hijo como tal, es decir, como un bebé que debe ser criado por ella para convertirse en persona. Porque su deseo no es el de criar, en el fondo. Así descuida las necesidades de su hijo, la primera de las cuales es el orden, los límites. Es, como en este caso, una madre insuficientemente atravesada por la castración, que genera una terrible angustia de castración en una hija siempre presa del miedo de separare de ella, de no ser atendida por ella como se debe.

Daisy debió aprender a relacionarse con una madre así. El único modo de salir adelante era encontrar un sustituto mínimamente válido y algo que previamente la separara de ella, de sus excesos. La música debió de cumplir con alguno de estos criterios de supervivencia básicos. Quizá con ambos. ¿De qué modo llegaría a ocupar ese lugar? ¿Cómo entraría Daisy en contacto con ella? El deseo de escuchar música tiene que ver con el deseo de relacionarse con ella, de tener una verdadera “relación”, algo confiable, en una palabra. Ninguno de los padres debió de serlo, a pesar de lo cual Daisy, como cualquier niño, debió de quererles. Si Daisy se rodeaba de música constantemente debió de ser porque así se rodeaba también de algo de ellos (una mezcla, concretamente, de lo real y lo deseado de ellos). La música fue para ella lo que se denomina en psicoanálisis un “objeto transferencial”, esto es, algo sobre lo que colocar atributos de alguien. Quizá de su madre, a la que quizá le gustara la música también, que quizá le cantara alguna vez. Quizá de su padre. Quizá por un lado eran esos sonidos maternos reconfortantes, y por el otro algo que la separaba de su madre, función interdictora normalmente desempañada por el padre. ¿Pudo éste regalarle su primer tocadiscos? Es posible, pero no importaría si no hubiera sido así, pues para el caso es evidente que la música que emanaba de él cumplió también una función paterna, al colocarse entre Daisy y su madre.

Billy claramente debía de relacionar la música con su padre, pues había sido éste quien le había conducido a ella. La música era, en este sentido, una metáfora del padre (interdictor) anhelado. De nuevo, un objeto transferencial. Pero ese padre representaba también, como he señalado, una ausencia. La ausencia de los límites, del orden que coloca cada cosa en su sitio, que dicta las condiciones de la relación del hijo con la madre (y con el padre). Esta falta debía de haber desencadenado la misma angustia que he señalado arriba, en este caso la de incurrir en una relación inadecuada con la madre, de ocupar el lugar del padre ausente. Y en último término la (fantasía) de ser castigado con la misma separación y el abandono por parte de la madre nutriente. De ahí probablemente las dificultades creativas de Billy, que antes de conocer a Daisy tiene una persistente inhibición para dar salida a su talento. No en vano tener éxito como músico podía ser vivido también como otra forma de sustituir al padre, otro músico, superándole, y por tanto como la realización de lo prohibido.

Hay algo de la función paterna que se manifiesta en la intervención que señalé del productor musical, pues había sido éste quien, al hacer la propuesta de colaboración a Daisy y Billy, había legitimado, a los ojos de ambos, el encuentro con el otro deseado. El bloqueo creativo de ambos debía de tener que ver con la aparición de lo prohibido. El otro debía de estar colocado en el lugar de lo prohibido, el lugar de la madre prohibida o del padre prohibido. Sólo la interdicción paterna podía legitimar el encuentro con el otro, que bien entendido, es decir, no confundido con lo prohibido, se convierte en lo adecuado. Hasta entonces, como habíamos visto, Billy no se podría permitir ser padre con su mujer, y podría ser músico mientras no tuviera éxito. Su crisis había coincidido con la llegada de éste y de la paternidad. Tanto lo uno como lo otro le colocaban en esa posición equívoca, donde él se veía a sí mismo como sustituyendo a su padre. El productor le “dice” que no hay problema, que tener éxito está permitido, al darle acceso a Daisy. Él le dice qué es qué, borrando así (al menos en parte) su confusión. Billy, de todos modos, sigue teniendo una dificultad. Es la que produce su siguiente crisis. No es capaz de renunciar a nada, en este caso su mujer y Daisy. La interdicción, la Ley del Padre, como se la conoce en psicoanálisis, sirve también para entender que todo no se puede. Pero Billy no tuvo un padre interdictor, y al parecer la intervención del productor fue sólo un remedio a medias. Sería el mismo quien debiera acabar de construir su propia Ley. Tras la muerte de su mujer, Billy puede volver a Daisy, pero sólo porque su mujer se lo permite. Hay algo que él aún no ha podido entender sobre la Ley.

 

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