Cuestión de sangre (2021), Tom McCarthy

Cuestión de sangre (2021), Tom McCarthy

 

LAS COSAS NO SON LO QUE PARECEN

 

 

Cada padre tiene un deseo de paternidad distinto, no siempre orientado hacia la crianza del hijo, no siempre suficientemente altruista.

 

 

Bill es un padre que trata de ayudar a su hija a demostrar que es inocente del crimen por el que lleva cinco años en prisión. Durante el largo (pero adecuado, porque sirve al correcto desarrollo de los personajes) metraje de la película, conocemos el tipo de relación que estos dos personajes tienen. Es evidente que no muy buena, pero también que pese a ello el padre quiere a su hija y la cree, y está decidido a apoyarla y a salvarla.

En paralelo asistimos al nacimiento de una especie de nueva relación paterno filial entre ese padre y una niña pequeña, con la que, por circunstancias que no importan demasiado, cruza su camino. Es interesante ver cómo se desarrollan las cosas en este otro escenario, porque de un modo muy claro y acertado, o sea, bien plasmado, nos metemos en la piel de este padre abnegado y a la vez fallido.

 

Con estos mimbres se abre la historia a un tercer acto en el que acabamos descubriendo, y entendiendo, más de lo que entreveíamos y pensábamos al principio. A un padre que ha fallado  en su función porque no pensaba en su hija tanto como en sí mismo, al contrario de lo que veíamos (o creíamos ver) al principio. Al contrario, probablemente, de lo que el propio padre pensaba, cuando inició esa aventura paternal (me refiero tanto a su paternidad en general como a este particular episodio de la misma). Cada padre tiene un deseo (de paternidad) distinto. No siempre estos deseos están orientados en el sentido de la crianza, esto es, de la naturaleza más altruista de la experiencia. Ser padre no siempre consiste, imaginariamente, en pensar en un hijo.

 

La abnegación del padre, su amor, manifestados en la confianza en su hija, tal como lo vemos en el planteamiento de la historia, escondían en este caso el deseo de probarse a sí mismo, quizá de salvarse a sí mismo, antes que a ella. Salvarse del dolor por el fracaso como padre, en pocas palabras. Perfectamente dramatizado esto a través de la trama de búsqueda y captura del presunto culpable del crimen imputado a su hija. Un proyecto loco, ilegal, ajeno por tanto a toda razón (a todo límite), producto de un deseo narcisista, más que de la conducta propia de un padre responsable. Deseo de redención, tanto en su función paterna, en lo concreto, como probablemente en su categoría de hombre, más en general. Desde esta concepción del narcisismo, entiende el psicoanálisis que un padre vería en su hijo una forma de realizar algo propio (su deseo más propiamente egoísta), antes que a un ser humano al que donar algo (la vida, para que la use como mejor le parezca, esto es, sin pensar en su padre, o en su deuda con él). Esa misma conducta narcisista será la que le lleve a estropear la relación incipiente con la niña, es decir, a decepcionarla también a ella, en un claro reflejo de esa forma (centrada en el propio yo, no en el otro) de entender la paternidad, de nuevo. 

 

La verdadera redención, no obstante, llegará de la mano del descubrimiento de su propia hija, o sea, del establecimiento con ella de una verdadera relación paterno filial, una relación productiva en ese sentido que he señalado, el más altruista, el de la crianza. Conocerla de verdad será lo que le ponga en la senda del conocimiento de sí mismo, como padre y como hombre, y en definitiva en el camino para ayudarla y ayudarse. O, como le dice ella, en la senda de aceptar las cosas como son... para construir la relación (y su vida como hombre) sobre ellas.

 

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