Bloodline (2015), Glenn Kessler

Bloodline (2015), Glenn Kessler

LA MANZANA PODRIDA

 

 

Lo duro de ver en esta serie es lo mismo que hay en la vida normal de cada uno de nosotros, o sea, que somos el producto de un entorno imperfecto, que nos da y nos quita, en proporciones cambiantes según sea el caso.

 

 

Los Ryburn son una familia unida que celebra una reunión feliz. Hasta que aparece la manzana podrida, el hermano mayor. La felicidad reinante no aguanta este agregado. Las tres temporadas que siguen consisten en el descubrimiento paulatino de las circunstancias de esta familia, del sentido de esa unidad y de esa felicidad y de la naturaleza de la podredumbre que acompaña al hermano extraviado. 

 

Nada es lo que parece en Bloodline, pero todo se entiende a medida que nos cuentan esta historia. En realidad ya desde los primeros episodios se plantean las líneas maestras del drama de esta familia, como si el desarrollo que sigue fuera coherente, o estuviera incluso en la mente de los creadores de la serie desde el principio. Pero no importa si esto último es así o no porque, como digo, todo resulta bastante coherente. Lo es que haya una manzana podrida en el árbol, incluso que la felicidad inicial sea tan frágil, si conocemos a los patriarcas ya desde el primer momento como dos personas turbias, sutilmente turbias, descritos con pinceladas delicadas desde sus primeras apariciones para atajar la crisis que se avecina, para que siga reinando esa felicidad aparente. 

 

Lo que a mí me admira de esta serie, de toda buena serie, es la coherencia de su desarrollo. Aquí hay drama, conflictos, y no se nos escatima el lado oscuro de todo conflicto. Ni siquiera se esfuerzan los autores por buscar resoluciones felices, o fáciles, lo que es de agradecer, aunque nos duela. Porque hay personajes en Bloodline que nos caen bien, y nos gustaría que fueran recompensados con ese final ideal, después de todas las tribulaciones de sus vidas. Lo que no significa que sea esta una historia nihilista, de esas que te dejan machacado emocionalmente, cuando no directamente asqueado (me estoy acordando de Succession, la última que me hizo sentir así, razón por la cual no vi más que uno o dos capítulos, total, ¿para qué?). No es el caso, no. 

 

Lo duro aquí es lo mismo que en la vida normal de cada uno de nosotros, o sea, que somos el producto de un entorno imperfecto, que nos da y nos quita, en proporciones cambiantes según sea el caso. Siendo así, resulta que a veces hay daños irreparables, sufrimiento inevitable, pérdidas que no se superan. Pero también restos de una fortaleza que viene del mismo lugar que la fragilidad, de ese entorno imperfecto. Dicho de otro modo, no hay padres perfectos, sino padres con cosas buenas y otras malas. El tipo de padres del que vemos aquí un buen ejemplo.

 

Mención especial para Kyle Chandler, un actorazo que ya me maravilló en Friday Night Lights. Una especie de Don Johnson que actúa tremendamente bien, pero no es tan guapo como para llamar la misma atención. Mientras le sigan dando papeles protagonistas en televisión sé que habrá una serie que merecerá la pena ver.

 

 

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