Blade Runner (1982), Ridley Scott

Blade Runner (1982), Ridley Scott

 La condición humana

 

 

Vivir es aceptar los límites, “vivir en el miedo (a la muerte)”, en palabras del replicante Batty.

 

 

Deckard tiene un encargo, retirar cuatro replicantes. Los replicantes son seres humanos creados mediante ingeniería genética para servir como esclavos. Para tal fin, están excepcionalmente dotados, tanto física como psíquicamente. Por contra, están diseñados para durar sólo unos pocos años. Es un modo de asegurarse contra una hipotética rebelión. Podrán brillar intensa pero brevemente, en palabras de su creador. Algunos no saben siquiera qué son realmente, poseen recuerdos implantados que les dan una historia familiar natural, o lo que es lo mismo, una identidad humana. El objetivo de darles esos recuerdos sigue siendo el de controlarles mejor. En este caso, mediante su apaciguamiento. Un quinto replicante, de éste último género, se añade posteriormente a la lista de Deckard. Este replicante empieza a sospechar su condición, de ahí el riesgo y la medida final.

La retirada de los replicantes no es otra cosa que su sacrificio.

Los replicantes acuden a sus creadores para demandar mejoras, quieren ser tan “humanos” como sus dueños. Pero existe un límite a lo que “se puede” hacer por ellos. Su condición es irreversible.

“Humanidad”, en psicoanálisis, es un concepto íntimamente vinculado con el de “otredad”. Uno, se puede decir, no es “humano” hasta que es percibido como “otro” por los demás. Concretamente, por sus padres (específicamente, en verdad, por su madre). En ese reconocimiento reside la condición de la humanidad, en pocas palabras. No se trata, por tanto, de una condición que venga dada, en términos psicológicos. En este sentido, es adquirida. Se trata, pues, de un planteamiento psicológico, radicalmente diferente del biológico, por el que el ser humano, como ejemplar de una especie animal, lo es simplemente por haber nacido.

Los replicantes están buscando aquel tipo de reconocimiento, el psicológico, de sus creadores. Tyrell, el “padre” creador, como representante de la Ley, simbolizaría para ellos su vinculación con la humanidad.

La aceptación del otro tiene que ver con la aparición y la aceptación de la Ley del Padre, en psicoanálisis. Según esta línea de pensamiento se entiende que la relación con la Ley del Padre sólo es posible dada la aceptación de la misma por la madre, cuando ella también está atravesada por esa Ley que humaniza a todos. El padre “está" si está en la mente de la madre, en otras palabras. Si está, representa el amparo, la protección contra el exceso. Si falla, como es el caso de este padre sin Ley que es Tyrell, el hijo se enfrenta al peligro de desaparecer. Para éste es difícil vivir su existencia cuando se ve amenazado de ese modo.

Los replicantes, como los hijos desamparados por la falta de ese padre capaz de cumplir con su función legal, miran sus fotos en su busca. Las fotos que vemos repetidamente en la película son un símbolo de la memoria histórica. Deckard, al igual que los replicantes a los que debe retirar, atesora sus fotos. Éstas le dicen que tiene una historia, que vive inscrito en un complejo de relaciones humanas. Que es humano, en suma. Éste es su bien más preciado, amenazado por la falta de límites de los padres (como Tyrell o el jefe de policía).

¿Qué, si no el amparo paterno, representa la historia familiar, psicológicamente? Es la vinculación con el mundo en cuanto pertenencia a una línea genealógica. La genealogía representa al otro, al que separa al hijo de la madre y le da un lugar.  El lugar del ser humano. Es el límite al exceso de la madre fálica, que se apropia del hijo y no le da espacio para constituirse como individuo. La madre "legal" se impone a sí misma la separación de su hijo, por así decirlo, dándole al padre la autoridad para colocarse entre ambos. Como corolario, se entiende que aquel reconocimiento, el de la otredad, puede no darse. La madre debe aceptar la Ley del Padre (la del suyo propio, concretamente), símbolo de límite.

La omnipotencia infantil, el quererlo todo, serlo todo, es el rechazo de los límites de la Ley del Padre. Es seguir pegado a la madre. Sin límites no hay Yo. Sin límites, no hay verdadera existencia, no hay… brillo. No hay muerte. Es como el designio del padre, en la película: brillar es posible a condición de que se acepte la mortalidad, o sea, de que el individuo se inscriba en la Ley. Entonces hay límites, muerte, pero hay vida. El tipo de vida perseguido por estos hijos desamparados, los replicantes. ¿No es por ello que Batty salva a Deckard de una muerte segura, en el tejado?, ¿habrá aceptado su propia mortalidad, y habrá podido así apreciar el valor de la vida, de toda vida (humana)?

El padre sin límites, como el padre de la horda primitiva anterior a toda ley, es incapaz de dar un lugar al hijo, que para él es sólo un rival (o sea, un límite). El hijo no es ese otro que a través del límite de la Ley puede apropiarse de su vida, y ser libre (ser como su padre). Tyrell impone límites  como la caducidad y la ignorancia a los replicantes, a sus “hijos”, pero no se somete a ellos. Su voluntad no tiene límites, él puede retirar, o sea, negar la existencia a sus hijos si así lo desea. Es omnipotente.

La lucha de los replicantes es la lucha de todos los seres humanos. Es la lucha por la existencia. El padre tiránico es un padre que no sólo falla sino que se excede, y aboca al hijo al desamparo absoluto, la desaparición. Sin la Ley del Padre no hay vida humana. La ley de Tyrell no es Ley, es falta de ley.

Deckard vive sometido a la tiranía de un Estado sin Ley, donde todo vale, no hay límites. Parafraseando las palabras del jefe de policía a Deckard, “o haces esto (sacrificar -exterminar- a los replicantes) o no eres nadie”. Al tirano le da igual si Rachel es “humana” (si ella se piensa humana, síntoma de que lo “es”). Nada protege a los seres humanos contra el exceso de los tiranos, que se niegan a reconocer al otro, y a los cuales se concede la sumisión por puro pánico.

Pero brillar es brillar, no importa cuánto tiempo dure ese brillo. También Deckard descubre su propia humanidad, esto es, su brillo, cuando conoce a Rachel. Es en su interés por ella, en la identificación con su muy humana inquietud, donde encuentra las fuerzas, y los motivos, para rebelarse. Sólo entonces puede ignorar (su miedo) al tirano y salvar a Rachel. Vivir es aceptar los límites, “vivir en el miedo (a la muerte)”, en palabras de Batty.

 

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