Banderas de nuestros padres (2006), Clint Eastwood

Banderas de nuestros padres (2006), Clint Eastwood

LOS OLVIDADOS DEL SISTEMA

     

     

     El hijo (como el soldado) es sólo un objeto al servicio del deseo sin límites de la madre (patria), cuando falta la función paterna (cuando fallan los padres de la patria) que produce un corte y da a cada uno su lugar.

 

 

Una guerra es matar o morir. Podrían pensarse otras definiciones, pero ésta es, como mínimo, verídica. La película de Clint Eastwood habla, fundamentalmente, de soldados, la carne de cañón en todas las guerras, los protagonistas de esa lucha a muerte. Pero al director sólo le interesa hablar de guerra, en realidad, en la medida que a través de ello puede describir de nuevo, como lo ha hecho a lo largo de toda su filmografía, la lucha por la supervivencia del individuo solo (en la cultura, desde la perspectiva psicoanalítica). 

Solo, debiendo cuidar de sí mismo a cualquier precio, superando cualquier obstáculo, ya que nadie más velará por él. No, como lo muestra esta historia, el país que le vio nacer ni los gobernantes a su cargo, que, en un mundo perfecto, deberían ampararle como padres (de la patria) que son.

 

A Eastwood no le interesa lo más mínimo hacer espectáculo de algo tan feo como la guerra, algo tan moralmente feo. Su retrato, además de celebrar a los soldados (no por su heroísmo, sino por el valor intrínseco, humano, de sus vidas) critica duramente a su país, mostrando, como digo, una guerra poco espectacular. Porque es un país que hace con sus soldados, sus ciudadanos, lo que le viene en gana, según su interés particular… tal como a veces los padres “utilizan” a sus hijos para sus propios fines. SU interés, entonces, nunca el de ellos. El estado, como a veces los padres, usa a sus súbditos y luego los tira, como si no fueran realmente personas, sino, en definitiva, cosas. El más claro representante de esto último es, obviamente, el indio que, como miembro de la minoría indígena americana, no merece ni el más mínimo respeto, ni la más mínima consideración. 

 

Que Eastwood habla de la capacidad del ser humano para cosificar al semejante está muy claro, cuando muestra el trato a un otro que es visiblemente diferente, como aquel indio americano (respecto del blanco de origen europeo). Pero el discurso del director tiene, en mi opinión, otro alcance, más allá de este particular interés por poner en evidencia la histórica inmoralidad de su país. La metáfora bélica le sirve para afrontar una problemática personal, inconsciente muy probablemente, vinculada quizá con otra metáfora, la de los padres de la patria. 

 

Es una fantasía catártica en la que la lucha por la supervivencia de los soldados, durante el conflicto pero también después, se presta a varias interpretaciones. Se vincula con el desamparo infantil en cuanto “abandono” del hijo a su suerte. Si la guerra, para un soldado, es matar o morir, y este planteamiento es ineludible, entonces el hijo, análogamente, “piensa” su vida como un escenario donde la supervivencia es el resultado de una lucha a muerte. El desamparo tiene este sentido, el individuo desamparado teme por su vida. 

 

Fantasía inconsciente de abandono donde el padre (como los padres de la patria) se ha desvinculado de su responsabilidad para con su hijo (el súbdito), al que debía cuidar. El hijo fue traído al mundo (a la cultura), entonces, en un acto de egoísmo. El hijo sería, visto así, como un soldado (o sea, a efectos prácticos, una cosa) al que se usaría y entonces, tras su vida útil, perdería su valor y sería desechado. En su caso quizá en el preciso momento en que hubiera cumplido su función, la de hacer padres a sus progenitores (como un soldado que hubiera cumplido con su deber). El desamparo es, en este sentido, consecuencia de la falta del padre, o, en términos psicoanalíticos, de la falta de función paterna.

 

Según la teoría psicoanalítica, es la presencia de esta función la que garantiza la correcta organización familiar, en torno al complejo de Edipo. Se concreta en la Ley del Padre, el corte por el cual la madre se separa de su hijo, cuya “existencia” hasta ese momento es la manifestación de su fantasía de completud narcisista. El hijo obtiene su existencia propiamente dicha a condición de que la madre renuncie a esa fantasía de completud y le vea como un otro que tiene deseos diferentes de los suyos. Porque hasta ese momento no es más que un objeto cuya finalidad es satisfacerla. 

 

En esta fantasía bélica, el individuo es justamente un objeto así, una cosa al servicio del deseo de la madre patria. Los padres de la patria, gobernantes que representan la ley, se abstienen de cumplir con su función, y se dejan llevar por el mismo tipo de deseo sin límites (de poder, en su caso) que impide a la madre reconocer (y cuidar) a su hijo. Para ello deberían renunciar a su deseo irrestricto, y atender al del otro.

 

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