American crime story (2016), Ryan Murphy

American crime story (2016), Ryan Murphy

LA VERDADERA LEY

 

 

     La mera existencia de le ley no impone respeto. Ésta debe ser internalizada por los individuos. En términos psicoanalíticos, estos deben estar atravesados por la Ley.

 

 

O.J. Simpson, uno de los deportistas más famosos de la historia de EE UU, fue acusado de un doble homicidio. Las pruebas contra él parecían concluyentes, sin embargo acabó siendo declarado inocente tras un larguísimo juicio, dejando este resultado muchas dudas sobre el sistema de justicia.

 

Me interesan varias cosas de la historia que cuenta esta serie. Pienso que ofrece un buen material para hacer unas cuantas reflexiones, respecto del juicio de O.J. Simpson, y de la ley, por un lado, y respecto de las circunstancias sociales del momento en que tuvo lugar, y de la naturaleza de las personas, por otro. 

 

En lo esencial, un juicio es ese escenario donde actúan principalmente la ley y sus representantes, por un lado, y los transgresores de la ley, por el otro. Me refiero a los abogados, los jueces y los jurados, y a los supuestos delincuentes. Los primeros tienen la función de representar la ley, cada uno a su manera. Si estos existen, en cualquier sociedad, es porque los segundos, que son algunos de los individuos que la componen, no siempre respetan sus leyes, actuando como si no estuvieran ahí (como si no existieran). Esta circunstancia da para pensar en la naturaleza de la ley. Hay que decir, para empezar, que parece que su mera existencia no impone respeto alguno a los individuos.

 

Eso es porque, como explica el psicoanálisis, para que ese respeto se dé el individuo debe tener ley. Otra ley. Hablo de una ley interna, de la cual la ley de la que hablamos aquí, la externa, no sería sino un pariente más notorio, o, para usar un término que en esta historia es protagonista también, un pariente famoso. Y es que en realidad no es ésta la ley que obedecen los individuos, es la otra. O mejor dicho, porque tienen esa ley interna, que es respetada por ellos, tienden  a respetar también la otra ley, la externa. En psicoanálisis ley es sinónimo de normas, de reglas. De límites, en una palabra. 

 

El origen del respeto a la ley externa es lo que en psicoanálisis se llama Ley del Padre. Es un concepto que se refiere a la importancia de la figura del padre en la educación (el aprendizaje de las normas de convivencia) del individuo. Del padre, que habitualmente representa esa función, dependería que el individuo reconociera esas normas. Pero no es tan sencillo. Debe entenderse que si la madre no reconoce al padre tampoco el hijo lo hará. Quiere esto decir que el padre es una autoridad para el hijo sólo si la madre le respeta a él, esto es, si le da esa autoridad. Otro asunto es qué debe ocurrir para que la madre respete al padre. Esto tendría que ver con su amor por él (más exactamente con su deseo de él), en pocas palabras. 

 

En definitiva, el individuo aprendería a respetar la ley en casa, por la labor del padre y la madre, y en un juicio nos encontraríamos con los que no aprendieron. O.J. Simpson parecería ser uno de estos ignorantes de la ley. El resultado del procesamiento que se muestra en la serie no lo dice así, ni siquiera las numerosas denuncias de su ex mujer deberían hacernos pensarlo, porque siempre fueron desestimadas. Sí, en cambio, lo que ocurriría después del juicio. Como nos muestra el epílogo informativo, al finalizar el último episodio de la serie, Simpson fue finalmente acusado y condenado, y por último encarcelado, por otro delito, ocurrido tiempo después. Un análisis psicoanalítico de O.J. Simpson nos mostraría que alguien así no debía de tener la ley interna de la que hablaba arriba. Que sería razonable incluso pensar que también cometió los delitos de que se le acusó previamente (o alguno de ellos). Que, por tanto, no se hizo justicia en aquellos casos (en los previos al delito del que se le acusaba en el juicio y en el del juicio mismo).

 

Lo que me lleva a pensar en otro escenario interesante. Aquel donde no encontramos a la ley y a sus representantes (defensores), sino la perversión de la ley y a sus manipuladores. Todo el circo que se monta en torno al juicio de O.J. Simpson, y también dentro, hace pensar que la defensa de la ley no es el principal objetivo buscado allí. Que ese ni siquiera es uno de los objetivos.

 

Tenemos a los abogados. Uno, al que podríamos llamar principal, que no parece muy interesado en saber si su cliente es culpable de lo que se le acusa o no, y quizá sólo está interesado en el éxito que le supone tenerle como tal. Otro, que más que abogado parece predicador, claramente motivado por defender y difundir sus propias ideas, antes que a su cliente. A éste por tanto tampoco le interesa el caso en sí, o sea, lo que verdaderamente pasó (con su cliente). Estos serían los defensores del acusado. Luego están los acusadores. Estos también se mueven por intereses ajenos al caso. La una, por el deseo de hacer lo que no pudo hacer en en algún momento de su pasado, en una situación que habría requerido de una determinación que no tuvo, la de defenderse. El otro, por el deseo de demostrar algo que no ha podido demostrar antes, o sea, competencia. Deseos ambos que acaban obnubilando su juicio, en un momento u otro del proceso. Y qué decir del juez, o de los jurados. Ninguno de ellos está dispuesto a (limitarse a) hacer lo que debe. Tal como lo explicaba arriba, si ley y límite son sinónimos, entonces falta de ley tiene que ver con egoísmo sin límites, el que muestran todos estos actores implicados. 

 

Todos estos deseos personales, ajenos, obviamente, a los fines que deberían ser sus principales guías morales (legales), contaminan (pervierten) la actuación de los representantes de la ley en ese que he señalado como primer escenario, el lugar donde se representa la ley, de modo que dicho escenario se convierte en el segundo escenario, el de su perversión. En éste, los representantes de la ley se convierten en sus manipuladores. 

 

Y finalmente todos los actores sociales contribuyen a crear este escenario, como muestra la serie. Fuera de la sala donde se celebra el juicio, todo el mundo está pendiente de lo que ocurre en ella, tanto porque se tiene acceso a ello, por medio de los medios de comunicación, como porque interesa, dada la fama del acusado. Ese enorme interés es otro de los actores protagonistas de la historia, en el fondo. Digamos que el interés es un objeto preciado, del cual todos intentan beneficiarse, sin miramiento por los límites relevantes, en este caso la justicia para con las víctimas del delito cometido. Porque tener interés, o sea, ser interesante, da poder. Y poder es, en última instancia, lo que todos buscan. El poder da opciones, su falta las quita. El poder permite forzar los límites. Nadie quiere, en pocas palabras, tener límites.

 

Es difícil que la ley (ley externa) sea respetada si la otra ley (ley interna) falta. Éste es el primer escenario. El delito de que se acusa a O. J. Simpson es un ejemplo de lo que ocurre cuando esta ley falta. Entonces el individuo actúa sin límites, hace lo que le da la gana. Cuando la ley interna está, pero en modo insuficiente, o si está presente confusamente, ocurre otro tipo de escenario, el segundo. Los supuestos representantes de la ley actúan, como lo he descrito, mal también. Cada uno a su manera, todos ellos cometen pequeñas transgresiones. Literalmente violan la ley, en este caso las normas que rigen su trabajo. Y ¿cómo podría ser de otro modo? Son seres humanos, y como tales imperfectos. ¿Podría esperarse que ocurriera otra cosa? Pienso que, como mucho, se podría reducir el grado de falibilidad. Seguro que esto podría hacerse, si hubiera voluntad. Pero la voluntad estaría, como es lógico, marcada también por la falibilidad de la condición humana.

 

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