Adventureland (2009), Greg Mottola

Adventureland (2009), Greg Mottola

EL FINAL DE LA INFANCIA

 

 

Para el adolescente menos preparado, la adultez es un lugar angustiante, marcado por la pérdida del mundo infantil y demandas imposibles de gestionar del mundo adulto.

 

 

Antes de entrar en la edad adulta, tenemos la difícil tarea de prepararnos para esa gran aventura. También podemos disfrutar de los últimos momentos de “libertad” antes de afrontar compromisos y obligaciones que nos pondrán a prueba día a día, con nosotros mismos y con los demás. Adventureland ofrece un preciso y sensible retrato de este periodo tan desafiante y exigente de la vida.

James acaba de graduarse en el instituto. Le esperan un viaje a Europa, como premio al esfuerzo, y el inicio de su idealizada carrera periodística en una gran universidad, con su mejor amigo. Llegan las grandes decepciones de la adolescencia. Sus padres no pueden darle el regalo prometido, ni la residencia universitaria, y su gran amigo cambia de planes para vivir su propia historia. Lo que tiene lugar durante las siguientes semanas de verano es el ingreso en la vida adulta de James. Una fase para la que no todos están preparados.

Esta fase, como toda nueva fase, entraña dificultades propias y otras que tienen que ver con el cambio en si. Las últimas son las que nos interesan aquí. El adulto primerizo se enfrenta a estas dificultades con sus armas, adquiridas en las fases precedentes de su vida. O no. Si éste último es el caso, las dificultades serán mayores, angustiantes, en el sentido de imposibles de gestionar para un joven adolescente sin sentirse abrumado, o sea, superado.

James se encuentra, en el día señalado por su fantasía como el momento del despegue de su vida futura, con un panorama completamente inesperado, para el que a duras penas si está preparado. Debe renunciar a una fantasía quizá infantil, le espera una aventura muy real. Porque, a fin de cuentas, a lo que se enfrenta James es a un reto personal, que es único y diferente del que vivirán otros, para el cual es quizá imposible estar preparado plenamente. Un reto al que se debe enfrentar “solo”, tomando sus propias decisiones, en una soledad vivida como angustiante dada la insustancial cultura paterna. 

El padre de James es un hombre pusilánime, incapaz de aportarle a su hijo coraje y honestidad, porque no los tiene. El coraje de tomar decisiones difíciles, la honestidad de reconocer y asumir las dificultades que se presentan en la vida. Es lo que en psicoanálisis se conoce como padre pobremente atravesado por la Ley. La madre hace ese papel cuando él se demuestra incapaz. Y James se pone en marcha, sacudido por la realidad, empujado por la madre, “superando” ese momento critico. Tirándose a la piscina sin casi haber aprendido a nadar.

Su futuro pasa por sobrevivir al verano y al trabajo en Adventureland, un parque de atracciones donde muchos otros viven la realidad en la que James acaba de ingresar, la de las complicaciones, las carencias, las obligaciones adultas. 

Allí conoce a Em, hija de un padre viudo y vuelto a casar. Em huye de un entorno hostil, se refugia en ese trabajo de verano. Pero a la vez vive su vida, tal como ella la ha elegido, si bien ella no eligiera perder a su madre. Tampoco James había elegido vivir en un mundo de fantasía infantil donde todo le debía venir dado, por un padre “ausente” y una madre “omnipotente”.

James se enamora de Em, y ese lazo afectivo le abre los ojos a otra manera de hacer y de entender el mundo, no necesariamente mejor, pero si valiosa en su diferencia. Em ha tenido que crecer rápidamente, dada la pérdida de apoyo, de su madre. Es emprendedora, valiente. Le enseña a James otra forma de vivir. Así podrá él desprenderse del lastre de su infantilismo: si no le dan lo que quiere, puede conseguirlo por sí mismo.

Es un proceso marcado por el descubrimiento, las conquistas y los fracasos. James no está, como decíamos, muy preparado para ello. Quizá no se pueda estar del todo preparados. Él repite las huidas de su padre. Ese “sin amor no me interesa el sexo” que ha marcado su experiencia sexual y afectiva en su adolescencia no es otra cosa que una excusa, una manera de ocultar sus miedos. Miedo, en este caso, a ser hombre, el hombre que su padre no le ha enseñado a ser. Tampoco Em es pura valentía. Ella se refugia en un amor prohibido, sin verdadero compromiso, con un hombre mayor, casado, y rehuye la posibilidad que surge de implicarse en una relación arriesgada con James. El riesgo de lo posible, de lo viable, del compromiso en la relación con el otro. Relación que, por una parte, puede funcionar o no, y por otra, exige trabajo y renuncias (al “que me lo den todo hecho” de la infancia, al derecho a la libertad rebelde del adolescente).

En el camino de superación del miedo, James y Em se hacen daño mutuamente. Aún no están sincronizados. Cada uno avanza a tientas, chocando con diferentes limitaciones, en su periplo personal. Tienen mucho que aprender, muchas heridas que sanar y pérdidas que asumir. No están preparados para dar un lugar al otro. Sólo pueden intentarlo.

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